La oscuridad no trajo silencio. Trajo caos.
En el instante en que las luces murieron, el sonido exterior se amplificó. No eran aullidos de lobos, era el sonido de cientos de cuerpos golpeando contra la piedra, garras rasgando la madera de las ventanas selladas y el chillido agudo de metal contra metal. La mansión estaba siendo devorada desde fuera.
Pero en el centro de la sala fortificada, el mundo de Seraphina se reducía a un solo punto de dolor insoportable.
—¡Ahhh! —el grito se le desgarró de la garganta cuando una nueva contracción le retorció la columna.
No era natural. Sentía como si ganchos de hierro estuvieran tratando de separar sus caderas desde dentro.
Una luz roja estalló en la penumbra. Damien había encendido una luz de emergencia. El color carmesí bañó la sala con un resplandor sangriento, trazando sombras largas, deformes y sombrías.
Ronan estaba en la cama junto a Seraphina. Sus manos, esas manos capaces de arrancar cabezas y romper huesos, acunaban el rostro de la mu