La luz dorada fluyó de las yemas de sus dedos con una naturalidad absoluta.
Iris mantuvo las manos suspendidas sobre el pequeño lobo herido que descansaba en la camilla del pabellón de sanación. El calor puro y reconfortante de su magia cerró el profundo corte en la pierna del cachorro en cuestión de segundos.
El niño suspiró, aliviado, y le dedicó una sonrisa cansada antes de que su madre se acercara para agradecerle con una reverencia profunda.
Iris le devolvió la sonrisa, pero el gesto no