Seis inviernos habían forjado una nueva era.
El ala sur de la mansión ya no era un eco de piedra vacía asfixiada por la oscuridad.
Los amplios ventanales dejaban que la luz prístina de la mañana bañara los pupitres de roble tallado y los tapices antiguos.
Seraphina caminaba por los pasillos con una gracia etérea, su vestido de seda fluida rozando el suelo, envolviendo el aire con la estela inconfundible y pura del jazmín.
A través del cristal biselado, la Luna observó el patio principal.
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