El ardor en su hombro desnudo no era nada comparado con la rabia que le hervía en la sangre.
Iris caminó por los anchos pasillos de piedra de la mansión, ignorando las miradas de los guardias.
Llevaba una camisa suelta que dejaba al descubierto la marca rojiza donde la red del Cosechador había rozado su piel. El veneno oscuro ya no se extendía, pero la humillación de ser tratada como un blanco frágil le quemaba mucho más.
Se detuvo a pocos pasos de las pesadas puertas de la oficina de su padr