Mundo ficciónIniciar sesiónRedsy entra al nuevo club nocturno que acaba de comprar, el entra usando una gabardina oscura para fingir que es otro cliente y de ese modo saber el estado del lugar, cuando de pronto no puede creer lo que ve, su esposa estaba ahí bailando en uno de esos tubos usando una lencería sexy color purpura. Rápidamente molesto se dirige hasta donde esta ella. Mientras ella recogía del suelo el poco dinero que le habían lanzado por el baile que hizo, alguien la toma de la mano. —¿Qué haces aquí? —Dijo Redsy molesto al verla ahí, usando esa lencería y enseñando su cuerpo casi desnudo a todos esos hombres. —Suéltame —dijo ella molesta y confundida pues nunca lo había visto—. Si quieres tocarme pide un cuarto privado después del show —dijo ella liberándose de el para continuar recogiendo el dinero del suelo. Redsy al escuchar eso molesto la baja de ahí para después cubrirla con su gabardina oscura.
Leer másJulienne Percy
—¡Elion! ¡¿Dónde estás?! —grité por toda la casa, mi voz quebrándose con la desesperación. Mis pasos resonaban en los pasillos, rebotando contra las paredes que se sentían cada vez más estrechas, más hostiles, como si la casa entera estuviera cerrándose sobre mí.
La ansiedad me estaba consumiendo. El fuego en mi interior se volvía insoportable. Cada minuto que pasaba sin Elion era una tortura. Elion, mi novio. Mi futuro compañero. Tenía que estar conmigo durante mi primer celo. Lo habíamos prometido. Lo habíamos planeado con nuestras familias desde que éramos niños.
Él es el futuro alfa de una de las doce manadas subordinadas al alfa supremo. Tenemos un vínculo de poder. Un pacto de sangre. Yo sería su omega, su luna, su esposa y madre de sus cachorros. Todo eso debía comenzar con esta noche. Pero no estaba.
—No puede haberme dejado sola —susurré, pero el eco de mis palabras se perdió en la inmensidad vacía de la mansión de su familia, y me estaba empezando a sentir mareada.
Mi cuerpo ardía. Cada fibra de mi ser clamaba por contacto, por alivio, por un macho que pudiera calmar la tormenta ardiente que rugía dentro de mí. La ausencia de Elion era una herida abierta que se convertía en rabia, desesperación y necesidad, por parte mi loba.
—Julienne, no aguanto —gimió mi loba, Naseria. Sus emociones se mezclaban con las mías, haciendo imposible distinguir dónde terminaba yo y comenzaba ella. Nos arrastrábamos mutuamente hacia el abismo. Mis piernas flaquearon y me sujeté a la pared más cercana, mis garras saliendo sin control y desgarrando la superficie helada.
—¡Maldito seas, Elion! —gruñí con la voz rota, temblando de pies a cabeza.
Inhalé profundo... y entonces lo sentí.
Un olor.
No era el de Elion.
Era madera antigua, roble húmedo, y rocío recién caído. Era cálido, masculino, con una nota salvaje que hizo que mi espalda se arqueara sin querer ¡¿Dónde está?! El aroma se deslizó dentro de mí como una caricia invisible. Mi cuerpo se tensó, mis sentidos se agudizaron. Seguí el rastro, sin pensar, sin cuestionar. Ni siquiera sabía por qué mis pies me llevaban hacia ese olor.
Me adentré por los pasillos de la mansión, sin mirar. Todo era un eco lejano, todo salvo ese aroma que me envolvía. Hasta que choqué con algo sólido. Algo que se movió.
No era una pared.
Era un cuerpo.
Diosa luna quería restregarme contra él.
Una figura alta y poderosa me sostuvo antes de que cayera. Sus manos grandes se cerraron sobre mi cintura con firmeza. El contacto fue como una descarga eléctrica. El aire a mi alrededor se volvió más denso, como si el mundo se hubiera reducido a ese instante. Levanté la vista, pero las sombras lo cubrían.
Mi vista empezó a nublarse y solo vi destellos: tatuajes en su cuello, en sus brazos, y un torso desnudo que brillaba por el sudor. Su rostro estaba en penumbra, oculto por la falta de luz de la mansión que se encontraba a oscura y duras penas iluminada por la luz de la luna que se filtraba por los ventanales que en horas de la mañana muestran el basto bosque de la manada.
—¿Qué haces aquí, pequeña omega? —preguntó con una voz baja y grave que hizo que mi loba interior gimiera, encogiéndose ante la fuerza de su presencia, ¡Diosa!
No podía responder. No con claridad. El calor me nublaba la razón, y su olor me desarmaba, y llenaba de ansiedad.
—No sé qué hacer —susurré con voz quebrada, apenas consciente de mis palabras. Mis piernas temblaban. Mi cuerpo entero vibraba en un profundo deseo.
—Necesitamos un macho, Julienne —insistió mi loba, casi llorando.
Él respiró más fuerte. Su pecho subía y bajaba con rapidez, sus músculos tensos aún me sostenían. Parecía querer soltarme… pero no lo hizo. Tampoco me alejé, ¡Lo necesitábamos!
—Vete —dijo, aunque su tono me decía que no estaba muy seguro de lo que pedía. Era una orden vacía. Su cuerpo lo delataba. Sus manos no se apartaban de mi cintura. Todo en él gritaba contención, lucha.
Mi voluntad se rompió. El instinto tomó el control. Me acerqué más a él, sin pensar, guiada por una necesidad que era más fuerte que cualquier promesa hecha en el pasado a mi alfa.
Él no me detuvo. Tampoco se movió. Solo estaba ahí, como una montaña que albergaba un volcán, esperando a que yo cruzara el umbral del deseo prohibido.
—Omega —gruñó, y su voz me rompió en mil pedazos.
Me apretó contra su piel caliente. El aroma se intensificó hasta que me sentí mareada. En un instante, me alzó en brazos. Yo no protesté. Me dejé llevar, mi frente apoyada en su cuello mientras mi cuerpo temblaba por el alivio que se avecinaba.
Caminó conmigo entre sombras. Cruzamos una puerta que se cerró tras nosotros. La oscuridad lo cubría todo. Pero yo ya no necesitaba ver. Solo sentir.
La cama era suave, profunda, saturada de su olor. Me recostó con cuidado. Sus manos fueron firmes al desnudarme, pero no violentas. No hubo besos, no hubo palabras dulces. No hacían falta. El calor lo consumía todo.
Gimoteé cuando se unió a mí. No sabía su nombre. No conocía su rostro. Solo su fuerza. Su instinto. Él me deseaba. Y yo también a él… o mi celo lo ha descontrolado para desearme, pero no me importaba en ese momento.
La habitación se llenó de jadeos, de gruñidos, de sonidos que no podían explicarse con palabras. Era instinto puro. Era necesidad salvaje. Era el infierno y el paraíso al mismo tiempo. Mis garras desgarraron las sábanas. Las suyas, la madera sobre mi cabeza. Mi cuerpo respondía al suyo como si siempre hubiera estado destinado a él.
No existía nada más.
Y entonces… la culminación. El nudo. Su respiración agitada sobre mi cuello. Mi pecho subiendo y bajando mientras el calor cedía por fin, ¡No! ¡Me unió a él!
Me sentí envuelta, atrapada bajo su peso, pero no podía moverme, no durante el nudo y menos cuando estaba a salvo, por ahora. Mi cuerpo comenzó a relajarse, mientras el cansancio me invadía como una niebla densa.
Él no dijo nada.
Yo tampoco.
Poco a poco, mis párpados pesaron, y me rendí al sueño.
Solo un pensamiento me atormentaba mientras caía en la inconsciencia:
No sé quién es. No sé su nombre. No vi su rostro. Y sin embargo, me entregué por completo.Y Elion… Elion jamás me perdonará esto.
Días atrás, cuando Redsy se fue dejando a su asistente personal llamada Angela, ella intentó disfrutar de sus vacaciones. Sin embargo, no pudo hacerlo: descubrió algo que la asustó.Después de terminar la última tarea que le había encomendado Redsy, Angela, sin saber qué hacer con el tiempo libre, decidió dirigirse a un resort con spa. Quería quedarse unos días allí y pensar qué hacer durante esos dos meses de descanso.—Buenos días, señorita Angela —dijo la recepcionista, emocionada de verla. Su presencia significaba que Redsy podría visitar el lugar, una oportunidad que no podía desaprovechar. Quería saber algo relacionado con la gran búsqueda o selección.La noticia de que Redsy se había divorciado de Delta se había esparcido entre todas las súcubos a través del sistema de mensajería diseñado solo para súcubos. Eso significaba que Redsy estaba disponible y, si tenían suerte, quizá volvería a llamar a todas las súcubos para elegir a una nueva esposa.—Buenos días —respondió Angela,
Después de unirse a sus otros yo, Redsy miró a Carolina con una sonrisa.—Buenas noticias, Carolina. Voy a concederte tu deseo. El club es todo tuyo —dijo, dejando un llavero con muchas llaves sobre la mesa—. Pero solo te pediré tres cosas.—Primero, quiero que hagas firmar estos contratos a todas las chicas del club —dijo, colocando un montón de hojas sobre la mesa.—Segundo, olvida todo lo que sabes de Ariadna y Yesica. Pase lo que pase, no digas nada sobre sus pasados.—Tercero, no despidas a mis chicas. O mejor dicho… no despidas a mis súcubos. Puedes castigarlas, gritarles, regañarlas… pero no despedirlas.—¿Aceptas? —preguntó Redsy, mirándola fijamente.—Claro que sí —respondió Carolina, tomando las llaves con entusiasmo.—Bien. En ese caso, nos vemos al mediodía para que conozcas a mis chicas —dijo Redsy, abriendo un portal y desapareciendo.Carolina dejó de pensar en todo lo demás. Estaba feliz. Por fin… el club era suyo.Redsy apareció en su portal personal del tesoro. En med
Redsy apareció en el nuevo club. Según el informe que Carolina le había enviado esa mañana, todo estaba listo: las reparaciones y remodelaciones de los edificios alrededor del club habían terminado. Aunque estaban vacíos, solo faltaba llenarlos con cocinas, catres, roperos, muebles nuevos… todo lo necesario para sus chicas.—Esos vampiros y duendes sí que trabajaron rápido. Les daré un bono en sus cheques —dijo Redsy, sonriendo mientras se dirigía al bar para celebrar su compromiso.Pero se sorprendió al ver a Carolina allí.Carolina lo miraba con los ojos abiertos. Dejó caer la copa que tenía en la mano: había visto cómo algo oscuro apareció de la nada… y luego Redsy salió de ahí.—Lo sabía. Mi intuición no me engañaba. Hay algo extraño en ti —dijo Carolina, molesta, señalándolo con el dedo.—Ya veo. A pesar de que te dije que volvieras a tu casa, decidiste quedarte a tomar unos tragos. Bueno… creo que esto facilita las cosas —dijo Redsy, sonriendo mientras se acercaba. Había leído s
Ariadna despertó en su cuarto. Una voz familiar la hizo girar la cabeza. A su lado, Natacha estaba sentada sobre Yesica, quien le ayudaba a leer un cuento, pues había faltado como 1 año a clases.—¿Natacha? —murmuró Ariadna, confundida y sorprendida.—¡Hermanaaa! —exclamó Natacha, saltando de Yesica para abrazarla con fuerza a Ariadna.—¿De verdad eres tú? —preguntó Ariadna, incapaz de creerlo. La última vez que la vio, Natacha estaba delgada, pálida, sin cabello… pero ahora irradiaba salud, como si nunca hubiera estado enferma.—Sí, soy yo —respondió Natacha con una sonrisa radiante.Ariadna la abrazó con fuerza, llorando de felicidad. Pero entonces, Natacha dejó de sonreír.—Lo siento mucho… perdón —susurró, llorando mientras se aferraba a su hermana.—No tienes por qué llorar, pequeña. Ya te dije que no fue tu culpa —intervino Redsy.—¿Redsy? ¿Desde cuándo estás aquí? —preguntó Ariadna, sorprendida. No lo había notado; toda su atención estaba en Natacha.—Natacha, ¿quieres ver algo





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