La limusina blindada atravesó las rejas de la mansión Blackwood bajo una lluvia torrencial que parecía querer lavar toda la sangre derramada esa noche.
Isabella no había soltado la mano de Ethan en todo el trayecto. Sus dedos estaban fríos, manchados de pólvora y adrenalina. Él no hablaba. Solo la miraba de reojo, como si temiera que en cualquier momento ella se rompiera.
Cuando el auto se detuvo frente a la entrada principal, Ethan bajó primero y la tomó en brazos sin pedir permiso. Isabella n