La paz que nos quemó

La limusina blindada atravesó las rejas de la mansión Blackwood bajo una lluvia torrencial que parecía querer lavar toda la sangre derramada esa noche.

Isabella no había soltado la mano de Ethan en todo el trayecto. Sus dedos estaban fríos, manchados de pólvora y adrenalina. Él no hablaba. Solo la miraba de reojo, como si temiera que en cualquier momento ella se rompiera.

Cuando el auto se detuvo frente a la entrada principal, Ethan bajó primero y la tomó en brazos sin pedir permiso. Isabella no protestó. Se dejó llevar dentro de la mansión, atravesando el vestíbulo donde aún se veían marcas de balas en las paredes y cristales rotos en el suelo.

—Limpien todo esto antes del amanecer —ordenó Ethan a los guardias que los esperaban—. Y nadie nos moleste hasta nuevo aviso.

Subió las escaleras con ella en brazos como si no pesara nada. La llevó directamente al baño principal de su habitación, la sentó en el borde de la enorme bañera de mármol y abrió el agua caliente.

—Estás temblando —dijo él con voz ronca.

—No es de frío —susurró Isabella.

Ethan se arrodilló frente a ella y empezó a quitarle la ropa con una delicadeza que contrastaba brutalmente con la violencia de horas antes. Le sacó la chaqueta, el chaleco antibalas, la camisa manchada de sudor y pólvora. Cuando quedó solo con el sujetador y los jeans, Isabella lo detuvo poniendo una mano en su pecho.

—También estás herido —dijo, tocando un corte superficial en su brazo.

—No es nada.

—Para mí sí lo es.

Le quitó la camisa ensangrentada y lo miró. Su torso estaba marcado por viejas cicatrices y una nueva herida superficial que sangraba un poco. Isabella se inclinó y besó la herida con ternura, como si pudiera curarla solo con sus labios.

Ethan cerró los ojos y dejó escapar un suspiro tembloroso.

—Isabella… hoy disparaste por mí.

Ella levantó la mirada, con los ojos llenos de lágrimas.

—Maté a alguien, Ethan. O al menos lo herí gravemente. Y no siento arrepentimiento. Solo… alivio de que tú estés vivo.

Ethan la abrazó con fuerza, metiéndola bajo el agua caliente de la ducha todavía vestida. El agua cayó sobre ellos, tiñéndose de rojo y gris mientras lavaba la sangre, el miedo y parte del odio que aún quedaba.

—Eres mía —murmuró él contra su cabello mojado—. Pero ahora también eres mi igual. La mujer que luchó a mi lado. La que salvó mi vida.

Isabella levantó el rostro y lo besó bajo el chorro de agua. El beso empezó lento, casi reverente, pero pronto se volvió hambriento. Ethan la presionó contra los azulejos fríos, sus manos bajando por su cuerpo mojado. Le quitó el resto de la ropa con movimientos urgentes y se deshizo de la suya propia.

Cuando estuvo desnudo, la levantó contra la pared y entró en ella de un solo movimiento profundo.

Isabella gritó, aferrándose a sus hombros.

Esta vez no fue solo sexo.

Fue una afirmación. Una promesa. Una forma de decirse que habían sobrevivido juntos.

Ethan se movía con fuerza pero con control, mirándola a los ojos todo el tiempo. Cada embestida era profunda, lenta y deliberada, como si quisiera grabarse en su interior para siempre.

—Dime que te quedas —gruñó contra su boca.

—Me quedo —jadeó Isabella, rodeándolo con las piernas—. Me quedo contigo, Ethan Blackwood. Aunque todavía te odie un poco algunos días.

Él soltó una risa ronca y aceleró el ritmo, follándola contra la pared de la ducha con una intensidad que los dejó a ambos sin aliento. El vapor los envolvía. El agua caía sobre sus cuerpos unidos. Isabella llegó al orgasmo primero, gritando su nombre mientras su interior se contraía alrededor de él. Ethan la siguió segundos después, derramándose dentro de ella con un gruñido gutural, abrazándola como si fuera lo único que le importaba en el mundo.

Se quedaron así mucho tiempo, bajo el agua caliente, besándose suavemente mientras sus respiraciones se calmaban.

Después, Ethan la secó con cuidado, la llevó a la cama y la cubrió con las sábanas. Se acostó a su lado y la atrajo contra su pecho.

—Los Rossi ya no son una amenaza real —dijo en voz baja—. Salvatore está en custodia. Su padre va a negociar la paz para salvar lo que queda de su familia. Pero quiero que sepas algo importante.

Isabella levantó la mirada hacia él.

—Dime.

—He decidido disolver parte del imperio —confesó Ethan—. No todo. Algunas cosas son demasiado profundas para desaparecer de la noche a la mañana. Pero voy a sacar a la familia de los negocios más sucios. Quiero darte una vida donde no tengas que volver a disparar nunca.

Isabella se incorporó sobre un codo y lo miró sorprendida.

—¿Harías eso por mí?

—Haría cualquier cosa por ti —respondió él sin dudar—. Te amo, Isabella. No como obsesión. No como venganza. Te amo como el hombre que quiere despertar cada mañana a tu lado sin miedo a que el pasado nos destruya.

Las lágrimas rodaron por las mejillas de Isabella.

—Yo también te amo —susurró—. Aunque una parte de mí siempre recordará el odio con el que empezó todo esto. Pero esa parte… ya no manda.

Ethan la besó con una ternura que le rompió el corazón de la mejor manera posible.

—Entonces empecemos de nuevo —dijo contra sus labios—. Sin contratos. Sin amenazas. Solo tú y yo, eligiendo cada día quedarnos.

Isabella se acurrucó contra su pecho, escuchando el latido fuerte y constante de su corazón.

Fuera, la lluvia seguía cayendo, lavando la sangre de la mansión.

Dentro, por primera vez, Isabella sintió que había encontrado un hogar.

No en la venganza.

No en el odio.

Sino en los brazos del hombre que una vez fue su peor enemigo.

Y mientras se dormía, con los dedos de Ethan acariciando su espalda, supo que el precio de amar al enemigo había valido cada lágrima, cada bala y cada noche de fuego.

Porque al final, el enemigo se había convertido en su mayor salvación.

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