Rafael Voss no volvió al invernadero durante casi un mes.
Ese tiempo se sintió eterno para Sophia Isabella. Cada noche bajaba puntualmente a las once y diez, se sentaba en el mismo banco y esperaba. Algunas noches se quedaba hasta las tres de la madrugada. Su madre, Isabella Rose, la encontraba dormida en el banco con una rosa negra apretada contra el pecho y la llevaba en brazos de vuelta a su habitación sin decir una palabra.
La marca sobre el corazón de Sophia Isabella se había vuelto más oscura. Ya no brillaba solo cuando Rafael estaba cerca. Ahora ardía constantemente, como un recordatorio silencioso de que el fuego no perdonaba la ausencia.
Mientras tanto, Rafael vivía su propio infierno.
Su madre había cumplido su amenaza a medias. No lo envió a Europa, pero lo cambió de escuela, le quitó el teléfono y lo obligó a ir a terapia tres veces por semana. Le repetía cada día la misma frase: “Esa familia destruyó a tu abuelo y a tu tío. No voy a permitir que te destruya a ti también.”
Pero nada de eso funcionaba.
Rafael apenas dormía. Cuando lo hacía, soñaba con ojos verdes y rosas negras. Se despertaba sudando, con la muñeca ardiendo como si le hubieran marcado la piel con hierro caliente. Había empezado a cortarse ligeramente alrededor de la marca, intentando “sacarla” de su cuerpo. Las cicatrices eran visibles, pero la rosa negra seguía allí, más fuerte que nunca.
Una noche de tormenta, ya no pudo más.
Salió de su casa a las diez y media, bajo una lluvia torrencial, y corrió durante casi una hora hasta llegar a la mansión Blackwood. Estaba empapado, temblando de frío y agotamiento, con la sudadera pegada al cuerpo y el cabello negro pegado a la frente.
Cuando Sophia Isabella sintió la marca arder con violencia, supo que había vuelto.
Salió corriendo del invernadero bajo la lluvia sin abrigo, descalza, y lo encontró parado en medio del jardín, mirando hacia la casa como si estuviera viendo un fantasma.
Rafael levantó la mirada cuando la vio acercarse. Tenía los ojos rojos e hinchados. Parecía haber envejecido varios años en solo un mes.
—Te odio —fue lo primero que dijo, con la voz rota por el llanto y la lluvia—. Te odio tanto que me duele respirar.
Sophia Isabella se detuvo a dos metros de él. La lluvia caía con fuerza sobre ambos.
—Lo sé —respondió ella con calma.
Rafael dio un paso hacia adelante, furioso.
—¡No! ¡No lo sabes! ¡Tengo catorce años y no puedo pensar en otra cosa que no seas tú! ¡No puedo comer, no puedo dormir, no puedo estar en paz ni un segundo! ¡Mi mamá llora todas las noches por mi culpa! ¡Y todo es por ti!
Sophia Isabella no se movió. Solo lo miró con esos ojos verdes que parecían contener siglos de dolor y comprensión.
—¿Quieres pegarme? —preguntó de pronto.
Rafael se quedó congelado.
—¿Qué?
—Si te hace sentir mejor —dijo ella—, puedes pegarme. Solo una vez. Aquí, donde nadie nos vea. Si eso alivia el fuego, hazlo.
Rafael la miró horrorizado.
—¿Estás loca? ¡No voy a pegarte! ¡Tienes once años!
—Entonces ¿qué quieres hacer? —preguntó Sophia Isabella, dando un paso hacia él—. Porque claramente no puedes seguir viviendo así. Y yo tampoco.
Rafael se pasó las manos por el cabello mojado, desesperado.
—Quiero que desaparezcas —dijo con rabia—. Quiero que esta marca desaparezca. Quiero volver a ser normal. Quiero dejar de sentir que me estoy muriendo cada vez que no te veo.
Sophia Isabella dio otro paso. Ahora estaban muy cerca. La lluvia caía entre ellos como una cortina.
—Pero no quieres irte —susurró ella.
Rafael cerró los ojos con fuerza. Las lágrimas se mezclaban con la lluvia en su rostro.
—No… —admitió finalmente, con la voz quebrada—. No quiero irme. Y eso es lo que más odio.
Sophia Isabella levantó su pequeña mano y la colocó sobre el pecho de Rafael, justo donde latía su corazón con violencia.
—Entonces quédate —dijo suavemente—. Quédate aunque me odies. Quédate aunque quieras destruirme. Quédate aunque tu familia te odie por ello. Solo… quédate.
Rafael abrió los ojos y la miró. Había tanta vulnerabilidad en su mirada que Sophia Isabella sintió que su propio corazón se rompía.
—No sé cómo hacer esto —confesó él en un susurro—. No sé cómo quererte sin odiarte al mismo tiempo.
—Entonces haz las dos cosas —respondió ella—. Ódiame y quiéreme. El fuego puede soportar ambas cosas.
Rafael tomó la muñeca de Sophia Isabella con fuerza, no para hacerle daño, sino para anclarse a ella.
—Prométeme algo —dijo con voz ronca.
—Lo que sea.
—Si alguna vez tengo que hacerte daño… si el fuego me obliga a lastimarte para que podamos estar juntos… prométeme que me vas a odiar con todas tus fuerzas. Prométeme que no me vas a perdonar fácilmente.
Sophia Isabella sonrió con tristeza bajo la lluvia.
—No puedo prometerte eso —respondió—. Porque si algún día tengo que hacerte daño, voy a odiarme más a mí misma que a ti.
Rafael soltó un sollozo ahogado y, sin pensarlo, la abrazó con fuerza. Era la primera vez que la abrazaba. Sophia Isabella desapareció entre sus brazos, tan pequeña comparada con él. Enterró el rostro en su pecho mojado y lloró en silencio.
Se quedaron así durante mucho tiempo, bajo la lluvia torrencial, abrazados en medio del jardín de la mansión Blackwood.
Cuando finalmente se separaron, Rafael tomó el rostro de Sophia Isabella entre sus manos. Sus pulgares limpiaron las lágrimas y la lluvia de sus mejillas.
—Voy a volver —dijo con determinación—. Todas las noches que pueda. Aunque me castiguen. Aunque me odien. Voy a volver.
Sophia Isabella asintió, con los ojos brillantes.
—Y yo voy a esperarte. Siempre.
Rafael se inclinó lentamente y, por primera vez, besó la frente de Sophia Isabella. Fue un beso largo, tembloroso, lleno de miedo, confusión y una promesa silenciosa.
Cuando se apartó, dio un paso atrás.
—Tengo que irme antes de que mi mamá note que no estoy.
—Corre —dijo ella—. Y ten cuidado.
Rafael comenzó a alejarse, pero antes de desaparecer entre los árboles, se giró una última vez.
—¡Sophia! —gritó bajo la lluvia.
Ella levantó la mirada.
—¡Mi nombre es Rafael! —dijo él con una sonrisa rota pero auténtica por primera vez—. ¡Y no te voy a dejar sola con este fuego!
Luego desapareció corriendo en la oscuridad.
Sophia Isabella se quedó allí, bajo la lluvia, tocando su frente donde él la había besado. La marca sobre su corazón brillaba con un rojo cálido y estable.
Las luces del invernadero se encendieron suavemente en dorado, como si aprobaran lo que acababa de ocurrir.
Desde la ventana del segundo piso, Isabella Rose y Damian observaban la escena en silencio. Isabella Rose tenía lágrimas en los ojos.
—Se parece tanto a nosotros… —susurró.
Damian abrazó a su esposa por detrás y besó su cabeza.
—No —respondió con voz grave—. Es mucho más intenso. El fuego está quemando más fuerte esta vez.
Isabella Rose miró hacia el rosal antiguo que brillaba en la distancia.
—Entonces solo podemos hacer una cosa —dijo suavemente.
—¿Qué?
—Prepararnos.
Porque ambos sabían que la historia de Sophia Isabella y Rafael Voss apenas estaba comenzando.
Y que el precio que el fuego iba a pedir esta vez… sería mucho más alto que en generaciones anteriores.