La guerra que elegimos

La sala de reuniones subterránea de la mansión Blackwood parecía un centro de operaciones militares.

Ethan estaba de pie frente a una gran pantalla digital, señalando con un láser los puntos rojos que representaban las ubicaciones conocidas de los Rossi. A su alrededor, seis de sus hombres más leales observaban en silencio. Isabella estaba sentada a su lado, vestida con ropa práctica (jeans negros y una camisa oscura), escuchando cada palabra con atención.

—Los Rossi tienen su base principal en el viejo almacén del puerto —dijo Ethan con voz fría y calculadora—. Allí guardan la mayor parte de su mercancía y su armamento. Si los golpeamos ahí, los debilitaremos lo suficiente para que no puedan volver a atacar.

Uno de sus hombres, un tipo grande llamado Viktor, intervino:

—Señor, tienen al menos cuarenta hombres armados. No será fácil entrar.

Ethan sonrió con esa sonrisa peligrosa que Isabella ya conocía demasiado bien.

—No vamos a entrar de frente. Vamos a quemarlos desde dentro. Isabella tiene los documentos originales que demuestran la traición de su padre. Los usaremos como cebo. Les haremos creer que estamos dispuestos a entregarlos a cambio de paz.

Isabella levantó la mirada, sorprendida.

—¿Quieres usar los documentos como trampa?

Ethan la miró con seriedad.

—Sí. Pero no los entregaremos. Los usaremos para que vengan a nosotros. Cuando intenten tomarlos, los estaremos esperando.

Isabella sintió un nudo en el estómago. Era arriesgado. Muy arriesgado. Pero también entendía la lógica. Los Rossi no se detendrían hasta tener esos papeles y usarla a ella como garantía.

—Está bien —dijo finalmente—. Lo haré. Pero con una condición.

Ethan arqueó una ceja.

—Dila.

—Quiero estar presente. No me vas a dejar encerrada en el búnker mientras tú arriesgas tu vida. Si esto es una guerra que elegimos juntos, entonces la enfrentamos juntos.

El silencio en la sala fue denso. Los hombres de Ethan la miraron con sorpresa. Nadie le hablaba así al jefe.

Ethan se acercó a ella y le tomó el rostro entre las manos, ignorando a los presentes.

—Eres la mujer más terca que he conocido —murmuró—. Pero si vas a estar allí, lo harás bajo mis reglas. Chaleco antibalas, dos guardias pegados a ti en todo momento y nada de heroicidades. ¿Entendido?

Isabella asintió.

—Entendido.

Esa noche, después de que los hombres se retiraran a preparar el operativo, Ethan y Isabella se quedaron solos en la habitación principal.

Ethan la abrazó por detrás mientras ella miraba por la ventana la lluvia que caía sobre los jardines.

—Tengo miedo —admitió ella en voz baja—. No de morir. Tengo miedo de perderte ahora que por fin…

Ethan la giró y la besó con intensidad.

—No vas a perderme —prometió contra sus labios—. He sobrevivido a cosas peores que los Rossi. Y ahora tengo una razón más grande para sobrevivir.

La levantó en brazos y la llevó hasta la cama. Esta vez no hubo prisa desesperada. Fue lento, profundo y cargado de emociones que ninguno de los dos se atrevía a nombrar del todo.

Ethan le quitó la ropa con reverencia, besando cada centímetro de piel que quedaba al descubierto. Cuando entró en ella, lo hizo con una lentitud tortuosa, mirándola a los ojos todo el tiempo.

—Te amo —susurró mientras se movía dentro de ella—. Aunque todavía me odies un poco.

Isabella gimió, rodeando su cintura con las piernas.

—Yo también te amo… aunque todavía te odie un poco.

Sus cuerpos se movieron en perfecta sincronía, como si ya no fueran dos personas luchando contra el pasado, sino dos personas construyendo algo nuevo en medio del fuego.

El orgasmo llegó como una ola suave pero poderosa. Isabella se aferró a él, gritando su nombre mientras su cuerpo se contraía alrededor del suyo. Ethan se derramó dentro de ella con un gruñido ronco, abrazándola como si nunca quisiera soltarla.

Se quedaron unidos durante mucho tiempo, acariciándose en silencio.

—Mañana va a ser peligroso —dijo Ethan finalmente, besando su frente—. Si algo sale mal…

—No va a salir mal —lo interrumpió Isabella—. Porque vamos a ganar. Juntos.

Ethan sonrió con orgullo.

—Mi esposa valiente.

A la mañana siguiente, el plan se puso en marcha.

El intercambio se realizaría en un almacén abandonado en las afueras de la ciudad, a medianoche. Ethan había filtrado deliberadamente la información de que llevaría los documentos y a Isabella como “garantía de buena fe”.

El equipo de Ethan estaba posicionado en puntos estratégicos alrededor del almacén. Isabella iba en un auto blindado junto a Ethan, vestida con chaleco antibalas debajo de una chaqueta oscura.

Cuando llegaron, los hombres de los Rossi ya estaban allí. Al menos treinta, armados hasta los dientes. El líder, un hombre llamado Salvatore Rossi, hijo del capo principal, sonrió con arrogancia cuando vio a Isabella bajar del auto.

—Vaya, vaya… la viuda Morgan convertida en la puta de Blackwood —se burló—. Qué bajo has caído.

Ethan apretó la mandíbula, pero mantuvo la calma.

—Tenemos los documentos —dijo con voz fría—. Entréganos la garantía de que nos dejarán en paz y te los daremos.

Salvatore rio.

—No seas ingenuo, Blackwood. Queremos los documentos… y a la chica. Ella es la última prueba viva de la traición de su padre. Con ella en nuestro poder, podremos destruirte legal y públicamente.

Isabella sintió que el miedo le subía por la garganta, pero levantó el mentón con orgullo.

—No voy a ir contigo —dijo con voz firme.

Salvatore hizo una seña y sus hombres levantaron las armas.

En ese momento, todo estalló.

Los hombres de Ethan abrieron fuego desde las sombras. Balas volaron por todas partes. Ethan empujó a Isabella detrás de un contenedor y sacó su pistola.

—¡Quédate aquí! —le gritó.

Pero Isabella no pensaba quedarse quieta. Tomó una pistola que uno de los guardias caídos había soltado y disparó contra uno de los hombres de Rossi que se acercaba.

La batalla fue caótica y sangrienta. Ethan se movía como un demonio, disparando con precisión letal mientras avanzaba hacia Salvatore.

Isabella vio cómo uno de los hombres de Rossi apuntaba a Ethan por la espalda.

—¡Ethan! —gritó.

Disparó sin pensarlo. La bala impactó en el hombro del atacante, salvando a Ethan.

Ethan se giró, vio lo que había pasado y le dedicó una mirada de orgullo y amor antes de continuar luchando.

Minutos después, el tiroteo terminó.

Salvatore Rossi yacía en el suelo, herido pero vivo, rodeado por los hombres de Ethan.

Ethan se acercó a él y lo miró con desprecio.

—Dile a tu padre que la guerra terminó. Si vuelven a acercarse a mi esposa, no quedará ningún Rossi vivo.

Salvatore escupió sangre y sonrió con odio.

—Esto no termina aquí, Blackwood.

Ethan le dio un golpe en la cara que lo dejó inconsciente.

Luego se giró y corrió hacia Isabella. La encontró apoyada contra el contenedor, respirando agitada, con la pistola todavía en la mano.

—¿Estás herida? —preguntó, revisándola desesperadamente.

—Estoy bien —dijo ella, dejando caer el arma—. Lo hice, Ethan. Disparé. Maté… o herí a alguien.

Ethan la abrazó con fuerza.

—Hiciste lo que tenías que hacer para sobrevivir. Estoy orgulloso de ti.

La besó allí mismo, en medio del caos, entre cuerpos y balas gastadas.

—Volvamos a casa —susurró contra sus labios—. La guerra ha terminado.

Pero mientras regresaban a la mansión en el auto blindado, Isabella supo en el fondo de su corazón que la verdadera guerra apenas comenzaba.

La guerra interna entre el odio que todavía sentía y el amor que ya no podía negar.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP