Rafael no regresó durante doce días.
Cada noche, Sophia Isabella bajaba al invernadero a las once y diez en punto. Se sentaba en el mismo banco donde habían hablado la última vez y esperaba. A veces una hora. A veces hasta las dos de la madrugada. Nunca se quejaba. Solo esperaba, con una rosa negra entre las manos, girándola lentamente entre sus dedos pequeños.
La marca sobre su corazón ardía constantemente. Algunas noches el dolor era tan fuerte que tenía que morderse el labio para no gritar.