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La Noche de las Tres Espinas

Rafael no regresó durante doce días.

Cada noche, Sophia Isabella bajaba al invernadero a las once y diez en punto. Se sentaba en el mismo banco donde habían hablado la última vez y esperaba. A veces una hora. A veces hasta las dos de la madrugada. Nunca se quejaba. Solo esperaba, con una rosa negra entre las manos, girándola lentamente entre sus dedos pequeños.

La marca sobre su corazón ardía constantemente. Algunas noches el dolor era tan fuerte que tenía que morderse el labio para no gritar. Pero nunca lloraba delante de nadie. Era una Blackwood. Las Blackwood aprendían temprano que el fuego no respetaba la edad.

La decimotercera noche, Rafael apareció.

No llegó caminando. Llegó corriendo. Su respiración era agitada, tenía una herida reciente en la ceja y el labio partido. La sudadera gris estaba rota en el hombro. Entró al invernadero sin pedir permiso y se detuvo en seco al verla allí, sentada en el banco, esperándolo como si nunca hubiera dudado de que volvería.

Sophia Isabella levantó la mirada. No dijo nada. Solo lo observó.

Rafael se quedó parado frente a ella, jadeando. Tenía los ojos inyectados en sangre y la marca en su muñeca brillaba con tanta fuerza que se podía ver a través de la tela.

—Mi madre se enteró —dijo finalmente, con la voz ronca—. Alguien me vio venir aquí. Le contó todo. Me dijo que si volvía a acercarme a esta casa, me iba a mandar a un internado en Europa. Lejos. Donde no pueda regresar nunca.

Sophia Isabella apretó la rosa negra que tenía en las manos hasta que las espinas se clavaron en su palma.

—¿Y qué le respondiste? —preguntó en voz baja.

Rafael soltó una risa amarga que sonó más como un sollozo.

—Le dije que no podía. Que algo me jalaba hacia aquí. Que me dolía todo el cuerpo cuando intentaba alejarme. Me miró como si estuviera loco.

Dio dos pasos hacia ella. Sus manos temblaban.

—Le dije que había una niña de once años que me estaba volviendo loco sin siquiera tocarme. Que no podía dormir. Que no podía pensar. Que cuando cierro los ojos solo veo este maldito invernadero y tus ojos verdes.

Sophia Isabella se levantó lentamente. La sangre de su palma goteaba sobre el suelo de piedra.

—Rafael…

—¡No! —la interrumpió él, levantando la voz—. ¡No digas mi nombre así! ¡No me mires así! Tengo catorce años, carajo. Se supone que debería estar jugando fútbol y odiando la escuela, no sintiendo que me muero si no te veo.

Las luces del invernadero comenzaron a parpadear violentamente, pasando del rojo sangre al negro absoluto.

Sophia Isabella dio un paso hacia él. Rafael retrocedió.

—No te acerques —advirtió, aunque su voz se quebró.

—Te duele porque estás luchando —dijo ella con calma—. El fuego no quiere que luches.

—¡Pues dile al fuego que me deje en paz! —gritó Rafael, con lágrimas de rabia en los ojos—. ¡Yo no pedí esto! ¡No pedí que una niña me marcara el alma antes de que pudiera entender qué es el amor!

Esa última palabra quedó flotando en el aire como una bomba.

Sophia Isabella se detuvo. Por primera vez, su expresión de madurez antigua se resquebrajó y dejó ver a la niña de once años que realmente era.

—¿Dijiste amor? —preguntó en un susurro.

Rafael se pasó las manos por el cabello, desesperado.

—No sé qué dije. No sé nada. Solo sé que cuando estoy lejos de ti siento que me estoy muriendo. Y cuando estoy cerca… siento que me estoy quemando vivo.

Se dejó caer de rodillas frente a ella. Era más alto, pero en ese momento parecía pequeño.

Sophia Isabella se arrodilló también, quedando a su altura. Con cuidado, tomó la muñeca de Rafael y colocó su palma sangrante sobre la marca negra.

El efecto fue inmediato.

Una explosión de luz roja llenó todo el invernadero. Rafael soltó un grito ahogado y Sophia Isabella cerró los ojos con fuerza. Imágenes comenzaron a bombardear sus mentes al mismo tiempo.

Vieron a un Rafael adulto, de casi veinte años, parado en el mismo invernadero, gritando de dolor. Vieron a una Sophia Isabella de diecisiete años llorando mientras sostenía una rosa completamente negra. Vieron sangre. Vieron lágrimas. Vieron un beso lleno de rabia y desesperación.

Cuando la visión terminó, ambos estaban temblando.

Rafael tenía el rostro bañado en lágrimas.

—¿Eso… eso va a pasar? —preguntó con voz rota.

Sophia Isabella asintió lentamente.

—Creo que sí. El fuego me mostró que voy a tener que hacerte mucho daño antes de que puedas amarme de verdad.

Rafael la miró con una mezcla de terror y algo más profundo, algo que ninguno de los dos podía nombrar aún.

—No quiero hacerte daño —susurró.

—Tal vez tengas que hacérmelo —respondió ella, con lágrimas corriendo por sus mejillas—. Y yo voy a tener que dejarte.

El chico extendió la mano y, con dedos temblorosos, limpió una lágrima del rostro de Sophia Isabella. Fue el primer contacto voluntario y tierno entre ellos.

—No quiero irme a Europa —confesó en voz muy baja.

—Entonces no te vayas —dijo ella—. Quédate. Aunque duela. Aunque tu mamá te odie. Aunque yo tenga que romperte el corazón algún día.

Rafael apoyó su frente contra la de ella. Sus narices se rozaron. Estaban tan cerca que podían sentir el aliento del otro.

—Esto está mal —susurró él.

—Lo sé —respondió Sophia Isabella.

—Pero no puedo alejarme.

—Yo tampoco quiero que lo hagas.

Las luces del invernadero se estabilizaron en un rojo profundo, casi violeta. Del rosal antiguo cayeron tres rosas negras con espinas plateadas. Una cayó sobre la cabeza de Rafael. Otra sobre el regazo de Sophia Isabella. La tercera se clavó en el suelo entre los dos.

Rafael tomó una de las rosas y la miró.

—Esto es una locura —dijo, pero ya no había rabia en su voz. Solo resignación y algo parecido a la aceptación.

Sophia Isabella tomó la otra rosa y la colocó sobre el corazón de Rafael, justo donde latía con violencia.

—Bienvenido al fuego, Rafael Voss —susurró.

El chico cerró los ojos y una lágrima cayó sobre la rosa.

Esa fue la primera vez que Rafael Voss lloró delante de Sophia Isabella Blackwood-Voss.

No sería la última.

Muy lejos de allí, en las raíces del rosal antiguo, algo antiguo y poderoso pareció suspirar con satisfacción.

El fuego había comenzado su trabajo con la nueva generación.

Y esta vez, parecía dispuesto a quemar más profundo que nunca.

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