Tres meses después del enfrentamiento con los Rossi, la mansión Blackwood había recuperado una extraña calma.
Las reparaciones estaban terminadas. Los guardias seguían allí, pero ya no se sentían como carceleros. Isabella caminaba libremente por los jardines, aunque siempre con alguien vigilando a distancia. Ethan había cumplido su palabra: ya no era una prisionera, sino su esposa de verdad.
Esa tarde, Isabella estaba sentada en el borde de la fuente del jardín trasero, con los pies descalzos dentro del agua fría. Llevaba un vestido sencillo blanco que contrastaba con el negro que solía usar al principio de su cautiverio.
Ethan se acercó en silencio y se sentó a su lado. No dijo nada durante un rato. Solo tomó su mano y entrelazó sus dedos.
—¿En qué piensas? —preguntó finalmente.
Isabella miró el reflejo de ambos en el agua.
—En que hace un año estaba dispuesta a envenenarte en tu propia fiesta… y hoy estoy aquí, embarazada de tu hijo, viviendo en tu casa y amándote.
Ethan apretó su mano.
—¿Te arrepientes?
Isabella negó con la cabeza.
—No. Pero todavía me cuesta creerlo. A veces despierto y pienso que todo esto es un sueño… o una trampa muy elaborada.
Ethan soltó una risa baja y triste.
—No es una trampa. Soy yo quien está atrapado ahora. Completamente. Por ti.
Se giró hacia ella y tomó su rostro entre sus manos.
—Isabella, quiero que sepas algo importante. El contrato ya no existe. Lo rompí hace dos semanas. Ya no estás atada a mí por ningún papel. Si quieres irte… puedes hacerlo. Te daré todo lo que necesites: dinero, protección, una casa nueva. No te detendré.
Isabella lo miró sorprendida. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Me estás dejando ir?
—No —respondió Ethan con voz ronca—. Te estoy dando la libertad de elegir quedarte. Quiero que estés aquí porque quieres, no porque te obligué.
El silencio se extendió entre ellos. Isabella miró sus manos unidas y luego levantó la vista hacia él.
—Entonces elijo quedarme —dijo con firmeza—. Elijo quedarme contigo. No porque me obligues, sino porque te amo, Ethan. Aunque todavía haya días en los que recuerdo todo el dolor y quiero golpearte. Te amo a pesar de eso.
Ethan cerró los ojos un segundo, como si esas palabras fueran todo lo que necesitaba oír.
La atrajo hacia él y la besó. Fue un beso lento, profundo, lleno de gratitud y deseo contenido. Sus manos bajaron por su espalda, apretándola contra su cuerpo.
—Te amo —susurró contra sus labios—. Más de lo que jamás creí posible amar a alguien.
Isabella se subió a su regazo, sentándose a horcajadas sobre él. El vestido se subió por sus muslos. Ethan deslizó las manos debajo de la tela, acariciando su piel desnuda.
—Aquí no… —susurró ella, aunque su cuerpo ya respondía.
—Aquí sí —respondió él, besando su cuello—. Nadie nos ve. Y aunque nos vieran… eres mi esposa. Mi mujer. Mi todo.
La besó con más urgencia. Isabella sintió cómo su excitación crecía contra ella. Sin decir nada más, se movió lo suficiente para liberar su erección y se hundió lentamente sobre él.
Ambos gimieron al unísono.
Isabella empezó a moverse con un ritmo suave pero profundo, abrazándolo por el cuello mientras lo besaba. Ethan sujetaba sus caderas, guiándola con ternura, dejando que ella marcara el ritmo.
—Te amo —jadeó ella contra su boca.
—Te amo —gruñó él, embistiendo hacia arriba para encontrarse con ella.
El orgasmo llegó suave pero intenso. Isabella se estremeció en sus brazos, mordiendo su hombro para ahogar un grito. Ethan se derramó dentro de ella con un gemido ronco, abrazándola con fuerza.
Se quedaron unidos, respirando agitados, con la frente de uno contra la del otro.
—Esto es real —susurró Ethan—. Tú y yo. Nuestra familia. Nuestro futuro. Todo es real.
Isabella sonrió, con lágrimas de felicidad en los ojos.
—Sí… es real.
Se quedaron allí, abrazados junto a la fuente, mientras el sol comenzaba a ocultarse.
El enemigo ya no existía.
Solo quedaba el hombre que amaba y la mujer que había elegido amarlo.
Y por primera vez en muchos años, ambos supieron que el futuro ya no era una amenaza.
Era una promesa.