El búnker era silencioso, pero fuera de él la mansión se había convertido en un campo de batalla.
Ethan estaba sentado frente a un monitor de seguridad, revisando las cámaras en tiempo real. Su mandíbula estaba tensa, los nudillos blancos de tanto apretar los puños. Isabella caminaba de un lado a otro, todavía vestida solo con el camisón negro que llevaba cuando empezó el ataque.
—Cuántos son —preguntó ella con voz temblorosa.
—Al menos doce —respondió Ethan sin apartar la vista de la pantalla—. Son hombres de Rossi. Profesionales. Pero mis guardias están conteniéndolos en el ala este.
De pronto, una explosión lejana hizo vibrar las paredes del búnker. Isabella se sobresaltó. Ethan se levantó inmediatamente y la atrajo contra su pecho.
—Estás a salvo aquí —murmuró contra su cabello—. Este lugar está blindado. Ni siquiera una bomba podría abrirlo.
—Pero tú no estás a salvo —dijo ella, levantando la mirada—. Estás aquí conmigo en lugar de allá fuera dirigiendo a tus hombres.
Ethan la miró con una intensidad que le robó el aliento.
—Mis hombres saben qué hacer. Mi prioridad ahora eres tú.
La besó con urgencia. No fue un beso tierno. Fue desesperado, casi violento, como si temiera que esa fuera la última vez que pudiera tocarla. Sus manos bajaron por su espalda, apretándola contra su cuerpo duro. Isabella respondió con la misma desesperación, enredando los dedos en su cabello y tirando de él.
—Ethan… —gimió contra su boca.
—Dime que me necesitas —gruñó él, levantándola en brazos y presionándola contra la pared del búnker.
—Te necesito —admitió ella, con la voz rota—. Aunque todavía te odie un poco.
Ethan soltó una risa oscura y le subió el camisón hasta la cintura. No perdió tiempo en preliminares. Bajó su pantalón lo suficiente para liberar su erección dura y la penetró de un solo empujón profundo.
Isabella gritó, clavando las uñas en sus hombros. Ethan empezó a embestir con fuerza, sujetándola contra la pared mientras la follaba como si el mundo se estuviera acabando fuera de esas cuatro paredes.
—Eres mía —gruñó contra su cuello, mordiendo su piel—. No de los Rossi. No del pasado. Mía.
—Soy tuya —jadeó Isabella, rodeando su cintura con las piernas para sentirlo más profundo—. Pero tú también eres mío, Ethan Blackwood. No lo olvides.
Sus movimientos eran duros, rápidos, desesperados. El sonido de sus cuerpos chocando llenaba el búnker junto con sus gemidos y gruñidos. Isabella sentía cada embestida como un recordatorio de que estaban vivos, de que seguían luchando juntos.
El orgasmo los golpeó casi al mismo tiempo. Isabella gritó su nombre, su interior contrayéndose alrededor de él con fuerza. Ethan se derramó dentro de ella con un gruñido animal, abrazándola con tanta fuerza que casi le dolía.
Se quedaron unidos contra la pared, respirando agitados. Ethan apoyó su frente contra la de ella.
—Si algo te pasara… —susurró— no sé qué haría.
Isabella besó sus labios con suavidad.
—No va a pasarme nada. Porque tú no lo permitirás.
En ese momento, el intercomunicador del búnker sonó.
—Señor Blackwood, la amenaza está neutralizada. Tres intrusos capturados vivos. El resto eliminados o en fuga. La mansión está asegurada.
Ethan soltó un suspiro de alivio y besó a Isabella una vez más antes de bajarla con cuidado.
—Quédate aquí —dijo—. Voy a interrogar a los capturados. Necesito saber quién los envió exactamente y si tu hermana está involucrada.
Isabella lo sujetó del brazo.
—Ethan… por favor, no le hagas daño a Camila. Ella solo quería protegerme.
Él la miró con seriedad.
—Si ella no tiene nada que ver, no le tocaré un cabello. Pero si descubro que te puso en peligro… no seré misericordioso.
Salió del búnker después de asegurarse de que Isabella estuviera cómoda y con agua y comida.
Pasaron dos horas eternas antes de que Ethan regresara. Su camisa estaba manchada de sangre (esta vez sí era de otros) y su expresión era sombría.
Isabella se levantó del sofá inmediatamente.
—¿Qué pasó?
Ethan se sentó y la atrajo a su regazo.
—Los capturados hablaron. Los Rossi sabían de los documentos porque alguien dentro de mi organización los filtró. Pero también… tu hermana les dio información sobre tu reunión en el café. No deliberadamente. La siguieron y ella no se dio cuenta.
Isabella sintió un nudo en el estómago.
—¿Camila está bien?
—Está viva. La tengo bajo protección en uno de mis pisos seguros. Pero los Rossi quieren los documentos originales y a ti como moneda de cambio. Dicen que si no se los entregamos en 48 horas, atacarán de nuevo… y esta vez no se detendrán hasta tenerte.
Isabella se quedó en silencio, procesando la información.
—Entonces… ¿qué vamos a hacer?
Ethan la miró con determinación.
—Vamos a destruirlos primero. Pero necesito que confíes en mí completamente. Sin secretos. Sin escapadas. Si vamos a enfrentar esto juntos, tienes que estar conmigo al 100%.
Isabella tomó su rostro entre sus manos y lo besó con fuerza.
—Estoy contigo —dijo contra sus labios—. Ya no quiero huir. Quiero pelear a tu lado.
Ethan sonrió con una mezcla de orgullo y deseo.
—Entonces prepárate, esposa. Porque mañana empezamos la guerra de verdad.
Esa noche, después de ducharse juntos y limpiar la sangre y el estrés del día, Ethan la llevó de nuevo a la cama. Esta vez fue más lento, más intenso. La besó por todo el cuerpo como si quisiera memorizar cada centímetro. Cuando entró en ella, lo hizo con una profundidad que hizo que Isabella llorara de placer y emoción.
—Te amo —susurró Ethan contra su oído mientras se movía dentro de ella—. Aunque todavía me odies. Te amo, Isabella Blackwood.
Isabella se aferró a él, sintiendo cómo las lágrimas rodaban por sus mejillas.
—Yo también te amo… aunque todavía te odie un poco.
El orgasmo los unió en un clímax largo y profundo. Se quedaron abrazados, sabiendo que el mañana traería sangre y fuego.
Pero por primera vez, no lo enfrentarían como enemigos.
Lo enfrentarían como marido y esposa.