El búnker era silencioso, pero fuera de él la mansión se había convertido en un campo de batalla.
Ethan estaba sentado frente a un monitor de seguridad, revisando las cámaras en tiempo real. Su mandíbula estaba tensa, los nudillos blancos de tanto apretar los puños. Isabella caminaba de un lado a otro, todavía vestida solo con el camisón negro que llevaba cuando empezó el ataque.
—Cuántos son —preguntó ella con voz temblorosa.
—Al menos doce —respondió Ethan sin apartar la vista de la pantalla—