La Primera Herida

La primera vez que Rafael Voss volvió a la mansión Blackwood fue exactamente siete días después de su primer encuentro con Sophia Isabella.

Eran las once de la noche cuando la niña sintió que la marca sobre su corazón comenzaba a arder con tanta intensidad que la despertó. Se levantó de la cama en camisón blanco, se puso una bata negra encima y bajó descalza hacia el invernadero, como si algo la jalara.

Las luces estaban encendidas en un rojo profundo, casi negro.

Y ahí estaba él.

Rafael estaba parado justo fuera del invernadero, mirando hacia dentro a través de los cristales. Tenía el rostro pálido y los puños apretados. La sudadera gris que llevaba parecía demasiado grande para su cuerpo delgado de catorce años.

Sophia Isabella abrió la puerta del invernadero sin miedo.

—Sabía que ibas a volver —dijo con voz suave.

Rafael dio un paso atrás, como si quisiera huir, pero sus pies no se movieron.

—No vine por ti —respondió con dureza—. Vine porque esta maldita marca no me deja dormir. Me arde todo el día. Siento que me estoy volviendo loco.

Sophia Isabella extendió su mano, mostrando la palma donde tenía la pequeña espina negra.

—Yo también la tengo. Pero la mía está sobre mi corazón.

Rafael la miró con desconfianza.

—¿Qué quieres de mí?

—Nada —respondió ella con honestidad—. El fuego es el que quiere algo. Yo solo… estoy aprendiendo a escucharlo.

El chico soltó una risa amarga.

—¿Fuego? ¿En serio crees en esas tonterías? Esto es solo una marca rara. Una enfermedad. Algo que me está infectando.

Sophia Isabella dio dos pasos hacia él. Aunque solo tenía once años, su presencia parecía mucho más grande.

—Si fuera solo una marca, no estarías aquí a las once de la noche, parado frente a la casa que tu familia odia.

Rafael apretó la mandíbula. No tenía cómo rebatir eso.

—¿Puedo verla? —preguntó la niña de pronto.

—¿Ver qué?

—Tu marca.

El chico dudó varios segundos. Finalmente, con movimientos bruscos, se subió la manga de la sudadera y extendió el brazo. La rosa negra con espina era claramente visible en su muñeca izquierda, más grande y más oscura que la última vez.

Sophia Isabella se acercó con cuidado, como quien se acerca a un animal herido. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, levantó su propia mano y, sin tocarlo, colocó su palma cerca de la marca de Rafael.

En ese instante, ambas marcas comenzaron a brillar con una luz roja intensa.

Rafael retiró el brazo como si lo hubieran quemado.

—¿Qué carajos fue eso? —exclamó, asustado.

—Reconocimiento —respondió Sophia Isabella—. El fuego nos está diciendo que somos el uno para el otro.

—¡Yo no quiero ser nada tuyo! —gritó Rafael, retrocediendo—. Mi abuelo me advirtió sobre esta casa. Me dijo que los Blackwood son veneno. Que destruyen a cualquiera que se acerque demasiado.

—Y aun así estás aquí —replicó ella con calma.

Rafael se quedó sin palabras.

Sophia Isabella se sentó en el banco que estaba justo en la entrada del invernadero y palmeó el lugar a su lado.

—Siéntate. Solo un rato. No voy a obligarte a nada.

El chico dudó tanto tiempo que Sophia Isabella pensó que se iría. Pero finalmente, Rafael se acercó y se sentó, dejando un espacio considerable entre los dos.

Durante varios minutos ninguno habló.

—¿Por qué no me tienes miedo? —preguntó él por fin—. Soy más grande que tú. Podría hacerte daño.

—Porque el fuego no me deja tenerte miedo —respondió ella simplemente—. Aunque debería.

Rafael la miró de reojo.

—¿Cuántos años tienes?

—Once.

El chico soltó un bufido.

—Once años y hablas como si tuvieras treinta.

—He visto muchas cosas —dijo Sophia Isabella, mirando hacia el rosal antiguo—. El fuego me muestra las historias de mi familia todas las noches. He visto odio, amor, traiciones, muertes… y también he visto cuánto vale la pena quedarse.

Rafael bajó la mirada hacia su muñeca marcada.

—Yo solo quiero que esto desaparezca.

—No va a desaparecer —dijo la niña con tristeza—. Mientras más luches contra ello, más va a doler. Mi mamá dice que el fuego no elige a las personas fáciles. Elige a las que tienen el corazón fuerte.

—Yo no tengo el corazón fuerte —murmuró Rafael—. Solo estoy enojado todo el tiempo.

—Entonces tal vez por eso te eligió a ti —respondió Sophia Isabella—. Porque alguien tan enojado como tú necesita alguien que sepa cómo arder sin quemarse.

Rafael se quedó mirándola largo rato. Había algo en esa niña que lo desarmaba. Una tranquilidad que contrastaba fuertemente con la tormenta que él sentía por dentro.

—¿Puedo tocarla? —preguntó Sophia Isabella de repente, señalando su muñeca.

Rafael dudó, pero terminó extendiendo el brazo. Cuando los dedos de Sophia Isabella rozaron suavemente la marca, ambos sintieron una corriente eléctrica recorrerles el cuerpo. La marca de Rafael brilló con fuerza y la espina negra en la palma de Sophia Isabella se volvió roja por unos segundos.

—¿Sentiste eso? —preguntó ella, sorprendida.

Rafael retiró el brazo rápidamente, pero no con rabia esta vez. Había confusión en su mirada.

—¿Qué está pasando? —preguntó en voz baja.

—Creo que el fuego acaba de aceptar que nos conocimos —respondió Sophia Isabella.

Rafael se puso de pie abruptamente.

—Esto es demasiado raro. Tengo que irme.

Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la salida del jardín.

—¡Rafael! —lo llamó Sophia Isabella.

Él se detuvo sin volverse.

—Puedes volver cuando quieras —dijo la niña—. Aunque estés enojado. Aunque me odies. Aunque solo vengas a gritarme. La puerta del invernadero siempre va a estar abierta para ti.

Rafael no respondió. Simplemente siguió caminando hasta desaparecer en la oscuridad.

Sophia Isabella se quedó sentada en el banco, mirando la rosa negra que había caído en su regazo sin que se diera cuenta.

—Va a ser muy difícil contigo… —susurró, acariciando los pétalos oscuros.

Las luces del invernadero se suavizaron hasta quedar en un dorado cálido.

A lo lejos, Isabella Rose observaba todo desde la ventana del segundo piso, con una mano sobre el pecho y lágrimas silenciosas corriendo por sus mejillas.

Su pequeña ya no era tan pequeña.

El fuego había comenzado a reclamar su siguiente guardiana.

Y empezaba, como siempre, con dolor.

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