Rafael Voss regresó cuatro noches seguidas.
Siempre a la misma hora: las once y diez de la noche. Siempre con la misma expresión de rabia contenida y ojos atormentados. No hablaba mucho. La mayoría de las veces se quedaba parado fuera del invernadero, mirando hacia dentro como si esperara que el lugar lo devorara. Sophia Isabella salía a recibirlo cada vez, descalza, con su camisón blanco y la bata negra encima, como un pequeño fantasma con demasiado poder en su mirada.
La cuarta noche, Rafael finalmente cruzó la puerta del invernadero.
—No vine porque quiera —fue lo primero que dijo, casi como una advertencia.
—Lo sé —respondió Sophia Isabella con calma—. Viniste porque no pudiste evitarlo.
El chico apretó los puños. La marca en su muñeca ardía tanto esa noche que era visible incluso a través de la manga de su sudadera.
—¿Por qué me duele tanto cuando estoy lejos? —preguntó con la voz quebrada—. Siento que me estoy quemando por dentro. No puedo dormir. No puedo comer. ¿Qué me hiciste?
Sophia Isabella se acercó lentamente hasta quedar frente a él. Aunque le llegaba apenas al pecho, su presencia llenaba todo el invernadero.
—Yo no te hice nada. El fuego nos eligió. Y mientras más te resistas, más va a doler.
Rafael la miró con una mezcla de desesperación y furia.
—Tengo catorce años —dijo casi escupiendo las palabras—. Tú tienes once. Esto es una locura. No puedo… no puedo sentir cosas por una niña.
—No sientes cosas por mí todavía —respondió ella con una sabiduría que no correspondía a su edad—. Sientes el fuego. Es diferente. El fuego te está preparando. Te está quemando para que cuando llegue el momento de elegir, ya no tengas fuerzas para huir.
Rafael se dejó caer sentado en el banco central, hundiendo el rostro entre sus manos.
—Mi abuelo me dejó una carta antes de morir —confesó—. Me dijo que si alguna vez me acercaba a esta familia, terminaría como mi tío Damian: sin nada. Me dijo que los Blackwood son veneno disfrazado de rosas.
Sophia Isabella se sentó a su lado, dejando un espacio respetuoso entre ambos.
—Y aun así estás aquí —dijo suavemente.
Rafael levantó la cabeza y la miró. Tenía los ojos rojos.
—Porque duele más estar lejos —admitió en un susurro—. Y odio admitirlo.
El silencio que siguió fue largo. Las luces del invernadero se mantenían en un rojo oscuro, casi sangriento, como si el lugar estuviera midiendo la intensidad de lo que estaba ocurriendo.
—¿Puedo ver tu marca otra vez? —preguntó Sophia Isabella.
Rafael dudó, pero terminó subiéndose la manga. La rosa negra en su muñeca ahora tenía tres espinas plateadas que parecían clavarse en su piel. Estaba más oscura, más agresiva.
Sophia Isabella extendió su pequeña mano y, esta vez, tocó la marca directamente.
El efecto fue inmediato.
Una corriente de energía recorrió a ambos. Rafael soltó un gemido de dolor y placer al mismo tiempo. Sophia Isabella cerró los ojos con fuerza mientras su propia marca, la que tenía sobre el corazón, comenzó a brillar intensamente bajo su camisón.
Cuando ella retiró la mano, ambos estaban respirando con dificultad.
—¿Qué… qué fue eso? —preguntó Rafael, asustado.
—Un recuerdo —respondió Sophia Isabella con voz temblorosa—. El fuego me mostró algo. Nos mostró. Dentro de unos años… tú y yo vamos a estar en este mismo invernadero. Tú vas a estar muy herido. Y yo… yo voy a estar llorando porque voy a tener que hacerte mucho daño antes de que puedas amarme.
Rafael la miró con horror.
—¿De qué estás hablando?
—No lo sé exactamente —admitió ella, con lágrimas comenzando a formarse en sus ojos—. Solo sentí mucho dolor. Sentí que te iba a romper el corazón… y que tú ibas a intentar romper el mío primero.
Rafael se puso de pie bruscamente.
—Esto es una locura. ¡Tengo que irme!
Pero cuando intentó caminar hacia la puerta, sus piernas no respondieron. Una fuerza invisible lo mantenía anclado al lugar.
Sophia Isabella también se levantó, con lágrimas corriendo por sus mejillas.
—No puedes huir del fuego, Rafael. Ya nos marcó a los dos.
—¡No quiero esto! —gritó él, con la voz rota—. ¡No quiero sentirme así! ¡No quiero que una niña de once años me importe tanto!
Las luces del invernadero explotaron en un rojo cegador.
Rafael cayó de rodillas, sujetándose la muñeca con fuerza. Sophia Isabella se acercó y se arrodilló frente a él. Con manos temblorosas, tomó su rostro entre sus pequeñas manos y lo obligó a mirarla.
—Escúchame —dijo entre lágrimas—. Yo también tengo miedo. Pero mi mamá me dijo que las mujeres de esta familia siempre tienen miedo… y aun así eligen quedarse. Así que voy a hacerte una promesa aquí, frente al fuego.
Rafael la miraba con los ojos llenos de lágrimas que se negaba a dejar caer.
—Cuando crezcamos —continuó Sophia Isabella—, y llegue el momento en que tengas que elegir odiarme o quedarte… recuerda esta noche. Recuerda que yo también estaba asustada. Recuerda que lloré frente a ti. Y si en ese momento sigues odiándome… entonces rómpeme el corazón. Pero al menos sabré que lo intenté.
Rafael respiraba con dificultad. Una lágrima traicionera escapó finalmente de su ojo izquierdo.
—No quiero hacerte daño —susurró con voz quebrada.
—Tal vez tengas que hacérmelo —respondió ella—. El fuego casi siempre empieza con dolor.
En ese momento, una rosa completamente negra