La Marca de la Sangre

Sophia Isabella comenzó a cambiar después de esa noche.

Ya no era la niña risueña que corría por los jardines. Se volvió más callada, más observadora. Pasaba horas sentada frente al rosal antiguo, escuchando en silencio. A veces lloraba sin explicación. Otras veces sonreía como si alguien invisible le estuviera contando un secreto.

Isabella Rose la observaba con preocupación creciente.

Una noche, no pudo más y entró al invernadero mientras su hija hablaba sola.

—Sophia… ¿qué está pasando?

La niña, ahora con once años, se giró. Sus ojos verdes brillaban con una intensidad inquietante.

—Me está mostrando todo, mamá. Las peleas. Los gritos. El veneno. La forma en que la bisabuela Isabella quería matar al bisabuelo Ethan. También me muestra el amor… pero duele igual.

Isabella Rose se arrodilló frente a ella.

—¿Por qué te muestra todo eso tan pronto?

—Porque mi fuego ya está cerca —respondió la niña con una madurez que helaba la sangre—. Y no es como el tuyo. El mío va a ser más difícil.

—¿Cómo lo sabes?

Sophia Isabella levantó su mano izquierda y mostró su palma. Allí, además de la marca sobre su corazón, había aparecido otra marca más pequeña: una espina negra.

—El fuego me dijo que voy a amar a alguien que me va a odiar primero. Que voy a tener que luchar mucho antes de que me elija. Y que… tal vez no lo logre.

Isabella Rose sintió que el mundo se le venía encima.

—No —dijo con firmeza—. Eso no va a pasar. Nosotras no perdemos. Nunca.

—Todas las rosas negras que ves —continuó Sophia— son las historias que terminaron mal. El fuego me las está mostrando para que yo decida si quiero seguir adelante o no.

Madre e hija se miraron en silencio.

—¿Y tú qué quieres? —preguntó Isabella Rose finalmente.

Sophia Isabella miró el rosal antiguo con determinación.

—Quiero intentarlo. Aunque me duela. Aunque llore mucho. Quiero saber si soy lo suficientemente fuerte como para convertir una rosa negra en dorada.

Isabella Rose abrazó a su hija con fuerza, luchando contra las lágrimas.

—Entonces te vamos a preparar —susurró—. Tu padre y yo. Tus abuelos. Todos vamos a estar a tu lado.

Mientras tanto, en la ciudad, Rafael Voss, de catorce años, se miraba la muñeca con odio.

La marca negra había crecido. Ya no era solo una pequeña rosa, ahora tenía una espina que parecía clavarse en su piel cada vez que pensaba en la mansión Blackwood.

Su abuelo Richard, en su lecho de muerte meses atrás, le había dejado una carta:

“Si alguna vez aparece una marca en forma de rosa en tu cuerpo, huye. Los Blackwood destruyen todo lo que tocan. No cometas el mismo error que tu tío Damian.”

Pero Rafael no podía huir de la marca. Le ardía constantemente. Lo llamaba. Lo quemaba por dentro.

Una noche, harto del dolor, tomó un cuchillo y trató de cortarse la marca. En cuanto la hoja tocó su piel, un dolor tan intenso lo atravesó que cayó de rodillas gritando.

La marca no solo se mantuvo. Creció.

Al día siguiente, sin decirle nada a su madre, Rafael tomó un autobús rumbo a las afueras de la ciudad. No sabía exactamente dónde quedaba la mansión Blackwood, pero algo dentro de él lo guiaba.

Llegó al atardecer.

Se quedó parado frente a la enorme reja de hierro, mirando la mansión con una mezcla de fascinación y profundo resentimiento.

—No quiero esto… —gruñó entre dientes, apretando su muñeca marcada.

En ese momento, Sophia Isabella apareció al otro lado de la reja.

Ambos se miraron en silencio durante casi un minuto.

Ella vestía un sencillo vestido negro. Él llevaba una sudadera gris oscura con la capucha puesta. Sus miradas se encontraron y, por primera vez, la marca sobre el corazón de Sophia Isabella comenzó a arder con fuerza.

—Eres tú… —susurró ella.

Rafael dio un paso atrás, asustado.

—¿Quién demonios eres?

Sophia Isabella se acercó hasta que solo la reja los separaba. Lo miró directamente a los ojos y dijo con una voz demasiado calmada para su edad:

—Mi nombre es Sophia Isabella Blackwood-Voss. Y tú eres Rafael Voss. El fuego nos ha elegido.

El chico retrocedió como si lo hubieran golpeado.

—Aléjate de mí —dijo con rabia—. Mi familia me advirtió sobre ustedes. Ustedes destruyen todo.

Sophia Isabella sonrió con tristeza.

—Lo sé. Pero también sanamos. Y creo que tú necesitas sanar más que nadie.

Rafael se dio la vuelta y comenzó a correr, huyendo de la mansión como si lo persiguiera el diablo.

Sophia Isabella se quedó mirando cómo se alejaba, con una rosa negra apretada en su puño.

—Va a ser muy difícil… —susurró hacia el invernadero.

Las luces del invernadero se encendieron en rojo.

El fuego acababa de mostrarle su futuro.

Y era un futuro lleno de espinas.

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