El silencio en el salón de la mansión volcánica era tan denso que podía escuchar el tictac del reloj de oro sobre la chimenea, marcando los segundos que me separaban de mi libertad o de mi condena eterna. La pluma de oro que Isabella sostenía frente a mí brillaba bajo las luces de cristal, pareciendo más un puñal que un instrumento de escritura. Mi mano temblaba tanto que tuve que sujetarla con la otra, sintiendo el frío sudor recorriendo mi columna.
—El tiempo se agota, Zola —dijo mi padre des