La noche en la isla volcánica no era como las noches en la Toscana. Aquí, el silencio no era pacífico; era una presión constante, interrumpida solo por el rugido del mar chocando contra las rocas y el zumbido eléctrico de las cámaras de seguridad. Me encontraba sentada en el suelo de mi habitación, con la espalda apoyada contra el cristal frío de la ventana, mirando la oscuridad infinita del Tirreno. Mis manos todavía olían a la tinta de la traición, y el trazo ascendente que había dejado en la