El aire dentro de la cabina del Kyma se volvió denso, una amalgama de ozono, salitre y el olor metálico de una tecnología que no debería existir en este siglo. El escalpelo que la mujer de cabello cenizo sostenía tembló, no por miedo, sino por la vibración de alta frecuencia que empezó a emanar de mi cuerpo. No fue un estallido súbito; fue una marea creciente de luz esmeralda que comenzó a filtrarse por mis poros, envolviendo mis dedos y transformando la sangre que corría por mis venas en un fl