El dolor en mi brazo derecho ya no era un pinchazo; era una agonía rítmica que subía por mi cuello hasta la base de mi cráneo. La Gema estaba vibrando a una frecuencia tan alta que el aire alrededor de mi mano empezó a distorsionarse, creando un efecto de calor desértico. Silas apretaba mi cintura, su respiración gélida contra mi oído mientras observaba a su hermano con una satisfacción quirúrgica.
—Míralo, Zola —susurró Silas—. El héroe caído. El hombre que te vendió una fantasía de libertad m