La oscuridad que siguió al colapso del sistema no era un vacío ordinario; era una negrura absoluta, táctil, que parecía presionar contra mis pulmones. El búnker de Andros, antes un monumento a la omnipotencia tecnológica de los Thorne, se había convertido en una tumba de grafito y metal muerto. El silencio era tan denso que podía escuchar el silbido de mi propio sistema nervioso intentando recalibrarse tras la descarga masiva de la Gema.
Mi mano derecha, el epicentro de la explosión de luz, aún