El rugido del motor del coche negro era lo único que llenaba el silencio sepulcral mientras abandonábamos Pienza. Miré por la ventana trasera, viendo cómo las luces de la villa de Marcus se hacían pequeñas en la distancia, como estrellas que se apagan. Sentía que mi alma se quedaba allí, atrapada en esa habitación cerrada con llave, mientras mi cuerpo era arrastrado hacia una nueva pesadilla por el hombre que me dio la vida.
Alberto Rossi conducía con una calma aterradora, sus manos firmes sobr