El estruendo de las botas de Marcus resonando en el pasillo de grafito precedió su entrada. Cuando cruzó el umbral, su estado era deplorable: su ropa estaba hecha jirones, su hombro sangraba profusamente por el encuentro con Alberto Rossi, y sus ojos grises estaban inyectados en sangre por la falta de sueño. Sin embargo, se detuvo en seco, su arma cayendo un par de centímetros al ver la figura que se alzaba junto a mí.
—Silas —la voz de Marcus fue un susurro cargado de un odio que nunca le habí