La isla de Andros no era el paraíso de postal que los turistas imaginaban. A medida que el Kyma se acercaba bajo mi mando absoluto, la silueta de la isla se alzaba como un colmillo de roca negra emergiendo de un mar embravecido. No había luces de pueblos pesqueros ni resplandor de villas lujosas; solo una oscuridad densa que parecía devorar la luz de la luna. El radar en mi mente —cortesía de la Gema— me indicaba que bajo esos acantilados de esquisto se extendía una red de túneles que hacían qu