La mansión López nunca había sido un lugar silencioso.
Siempre había algún ruido: el eco de pasos lejanos, el murmullo de los jardines movidos por el viento, el crujir discreto de la madera antigua que parecía respirar con la casa. Carla ya se había acostumbrado a eso desde que se había quedado allí con Mateo mientras Bianca y Luciano disfrutaban de su luna de miel.
Pero esa tarde… era distinto.
El sol entraba por los ventanales del salón principal, bañando el piso de mármol con tonos dorados. Mateo estaba tirado en la alfombra, boca abajo, concentrado en armar una especie de fortaleza con bloques y cojines. Carla estaba sentada cerca, apoyada en el sofá, observándolo con una sonrisa tranquila.
—Si pones ese bloque ahí, se va a caer —dijo ella.
Mateo frunció el ceño, dramático.
—No se va a caer, Carla. Esto es ingeniería avanzada —respondió con absoluta seriedad—. Nivel genio.
Carla soltó una risa.
—Ah, claro, se me olvidaba que estoy hablando con un experto.
—Exacto —dijo él, acomoda