La mansión López nunca había sido un lugar silencioso.
Siempre había algún ruido: el eco de pasos lejanos, el murmullo de los jardines movidos por el viento, el crujir discreto de la madera antigua que parecía respirar con la casa. Carla ya se había acostumbrado a eso desde que se había quedado allí con Mateo mientras Bianca y Luciano disfrutaban de su luna de miel.
Pero esa tarde… era distinto.
El sol entraba por los ventanales del salón principal, bañando el piso de mármol con tonos dorados.