El coche se detuvo frente a la mansión cuando el sol comenzaba a esconderse tras los árboles, pintando el cielo de tonos naranjas y rosados. Bianca y Luciano bajaron lentamente, sintiendo el peso de las últimas semanas desprenderse de sus hombros con cada paso que daban hacia la puerta.
La casa los recibió con su calidez habitual. La señora González salió a su encuentro con una sonrisa de oreja a oreja.
—Señor, señora, ¡qué alegría verlos! El niño está en su habitación, jugando. No ha querido c