Cancún seguía siendo un paréntesis perfecto.
El sol entraba por los ventanales de la habitación con una suavidad casi cuidadosa, como si incluso la luz supiera que no debía interrumpir la calma que rodeaba a Bianca y Luciano. El sonido del mar era constante, un murmullo profundo que parecía acompañar cada respiración, cada latido.
Luciano estaba de pie junto al balcón, con una taza de café entre las manos, observando cómo el azul del océano se mezclaba con el cielo. Pensaba en lo extraño que resultaba sentirse tan en paz. No recordaba la última vez que su mente había estado tan silenciosa.
Bianca aún dormía.
Tenía el cabello desordenado sobre la almohada y el rostro relajado, sin sombras de preocupación. Luciano la miró unos segundos más de lo habitual. Había algo casi sagrado en verla así, ajena al mundo, segura.
Fue entonces cuando tocaron la puerta.
Un golpe suave. Respetuoso.
Luciano frunció el ceño. No esperaban nada. Bianca se movió apenas, murmuró algo ininteligible y volvió a