La noche cayó sobre la mansión López con una lentitud engañosa, como si el día se resistiera a irse del todo. Las luces exteriores se encendieron una a una, iluminando los jardines perfectamente cuidados, las fuentes silenciosas, los árboles altos que proyectaban sombras alargadas sobre las paredes blancas de la casa.
Carla cerró las cortinas del salón con un nudo en el estómago.
No sabía explicar por qué, pero desde que el sol empezó a esconderse, esa sensación incómoda había vuelto a instalarse en su pecho. No era miedo exactamente. Era algo más sutil, más insistente. Como cuando el cuerpo detecta un peligro antes de que la mente pueda nombrarlo.
Mateo estaba sentado en el suelo, armando un rompecabezas, completamente tranquilo.
—Carla —dijo sin levantar la vista—, ¿por qué cierras tan duro las cortinas?
Ella se dio cuenta de que había hecho el gesto con demasiada fuerza.
—Perdón —respondió, suavizando la voz—. Es que ya es tarde.
—Ajá —contestó él—. Eso significa que pronto me mand