La noche cayó sobre la mansión López con una lentitud engañosa, como si el día se resistiera a irse del todo. Las luces exteriores se encendieron una a una, iluminando los jardines perfectamente cuidados, las fuentes silenciosas, los árboles altos que proyectaban sombras alargadas sobre las paredes blancas de la casa.
Carla cerró las cortinas del salón con un nudo en el estómago.
No sabía explicar por qué, pero desde que el sol empezó a esconderse, esa sensación incómoda había vuelto a instalar