Tres meses después.
La biblioteca Valeria Solís había vuelto a abrir sus puertas al público con un nuevo letrero en la entrada: “Donde las historias nunca terminan”.
Mateo estaba sentado en su sillón favorito junto a la ventana, con una taza de café en la mano y un libro abierto sobre las piernas que apenas había tocado. Observaba cómo la gente entraba y salía, cómo los niños se sentaban en el piso a leer, cómo Luna atendía a los clientes con una sonrisa que hacía tiempo no le veía.
Johanna se