El sótano estaba listo.
Habían dibujado un círculo doble en el suelo: uno de sal blanca y otro de ceniza. Veinticuatro velas blancas rodeaban el perímetro. En el centro, sobre la placa de mármol donde Valeria se había sacrificado décadas atrás, descansaba la página negra que habían encontrado en el reloj.
Mateo estaba de pie dentro del círculo, descalzo y sin camisa. Sobre su pecho, Johanna había dibujado los mismos símbolos que Doña Rosa usaba años atrás. Esta vez, sin embargo, no había miedo