Mateo registró todo el apartamento en menos de un minuto. Revisó cada rincón, abrió los closets, miró debajo de la cama. Nada. Solo encontró a Valeria parada en el mismo lugar, pálida y temblando.—No hay nadie —dijo él, guardando la pistola—. ¿Con quién hablabas, Val?Ella se mordió el labio. No podía contarle la verdad. Nadie normal creería que un hombre salido de la nada se había sentado en su sofá como si fuera su dueño.—Pensé que había entrado alguien —mintió—. Debió ser el viento en la ventana.Mateo la miró fijamente. Sabía que estaba mintiendo, pero no la presionó.—Duerme en mi casa esta noche —dijo en un tono que no admitía discusión—. Tengo habitación de huéspedes. No voy a dejarte sola aquí.Valeria quiso negarse, pero la idea de quedarse sola otra vez con esa presencia la aterró. Asintió en silencio.Mientras Mateo la esperaba en la sala, ella fue al baño a cambiarse. Al mirarse en el espejo, la marca en su mejilla estaba más oscura, casi como si brillara. Tres líneas pe
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