Habían pasado tres años desde la muerte de Mateo.
La biblioteca Valeria Solís seguía siendo el alma del pueblo. La joven Valeria, ahora con 26 años, había tomado oficialmente el mando del lugar. Bajo su dirección, la biblioteca se había convertido en un centro cultural importante, con talleres de escritura, clubes de lectura y un pequeño museo literario en el segundo piso.
Johanna, con 81 años, todavía bajaba tres veces por semana. Se sentaba en el mismo sillón donde Mateo solía estar y observa