Sara levantó la vista del libro que estaba leyendo y le sonrió con esa calidez que siempre tenía.
—Otra vez aquí tan tarde, Mateo… ¿no te cansas de venir todos los días?
Mateo se quedó parado en la puerta de la biblioteca, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida. No respondió. Solo caminó directo al mostrador y se apoyó en él.
Sara cerró el libro y lo miró con preocupación.
—¿Estás bien? Tienes cara de no haber dormido en días.
Él negó con la cabeza lentamente.
—No he podido dormir b