Trescientos veinte años después de que Lucía rompiera el ciclo, el Jardín de las Diez Generaciones ya no era solo un lugar en la Tierra ni un símbolo humano. Se había convertido en un latido cósmico, una manifestación viva del perdón que trascendía planetas y generaciones. Rosas blancas crecían en invernaderos lunares, en colonias marcianas y en estaciones espaciales, recordando a los humanos que, incluso entre las estrellas, se podía sanar.
Victoria Rivera Solís, de ochenta y nueve años, camin