Trescientos diez años después de que Lucía rompiera el ciclo, el Jardín de las Diez Generaciones ya formaba parte de la conciencia colectiva de la humanidad. No era solo un jardín físico. Era un concepto vivo, un recordatorio permanente de que las heridas más profundas pueden sanar y convertirse en algo hermoso que se comparte con el mundo.
Lucía Rivera Solís, de ochenta y siete años, caminaba con pasos muy lentos pero llenos de una dignidad serena por el sendero principal. A su lado iba su tat