Doscientos noventa años después de que Lucía rompiera el ciclo, el Jardín de las Diez Generaciones ya era parte de la memoria colectiva de la humanidad. No era solo un jardín. Era un testimonio vivo de que las heridas más profundas pueden convertirse en belleza compartida. Rosas blancas crecían en plazas, hospitales, escuelas y comunidades de recuperación en casi todos los países del mundo.
Victoria Rivera Solís, de ochenta y ocho años, era la última de su línea que aún recordaba personalmente