Quinientos años después de que Lucía rompiera el ciclo, el Jardín de las Diez Generaciones ya no necesitaba placa ni nombres.
Era simplemente “El Jardín”.
Nadie recordaba con exactitud cuántas generaciones habían pasado. El nombre “Valeria” ya no pertenecía a ninguna familia en particular, sino al mundo entero. Se había convertido en un apellido común, un nombre que miles de niñas recibían con orgullo, sin que nadie supiera ya por qué.
En el centro del jardín original, donde una vez estuvo el v