El reloj marcaba las 2:17 de la madrugada cuando Mateo escuchó que alguien tocaba a su puerta con insistencia.
Se levantó de la cama todavía aturdido, con los ojos hinchados y la cabeza pesada. Apenas había dormido una hora. Se puso una camiseta a toda prisa y caminó descalzo hasta la entrada. Miró por la mirilla y frunció el ceño.
Era Sara.
Abrió la puerta. Ella estaba completamente empapada por la lluvia, con una chaqueta ligera que no servía de nada y una expresión de pura urgencia en la car