El cuarto día

Valeria despertó con el rostro hinchado de tanto llorar. Eran las 11:40 de la mañana. No había dormido más de tres horas, pero su cuerpo ya no aguantaba estar despierto.

Se levantó de la cama como un fantasma. Las marcas plateadas ahora le cubrían casi todo el cuerpo; solo quedaban pequeños espacios en blanco en la cara y las manos. Parecía una estatua de plata viva.

Se miró en el espejo y casi no se reconoció. Sus ojos habían perdido toda la luz. Ya no era Valeria Solís. Era algo que pertenecí
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