Valeria despertó a las once de la mañana con un vacío que le ocupaba todo el pecho. No había llorado. No había soñado. Solo había pasado la noche mirando el techo, esperando que el tiempo pasara.
Las marcas plateadas ya cubrían cada centímetro visible de su piel. Solo quedaba un pequeño espacio en blanco en la palma de su mano derecha, como si su cuerpo estuviera reservando ese último pedazo para la firma final.
Se levantó, se vistió con el mismo vestido negro del día anterior y bajó a la bibli