Eliana apenas había tomado asiento cuando Samuel sonrió con emoción y se inclinó sobre la mesa.
—¡Yo sé qué helado vas a pedir! —exclamó con entusiasmo.
Eliana arqueó una ceja con curiosidad.
—¿Ah, sí? A ver, sorpréndeme.
Samuel, con total seguridad, levantó la mano para llamar la atención de la mesera y dijo con voz clara:
—Un helado de macadamia con queso, salsa de mora y chicles.
Eliana rió suavemente y sacudió la cabeza con diversión.
—Me conoces bien.
—¡Porque es el mejor helado del mundo!