El reloj en la pared avanzaba sin compasión. Tic… tac… tic… tac…
Isaac no lo miraba, pero lo escuchaba. Cada segundo parecía gritarle que el tiempo se agotaba, que debía irse, que su momento junto a ella había terminado.
Pero ¿cómo irse?
¿Cómo abandonar esa sala blanca, aséptica, donde su corazón yacía conectado a máquinas?
María José seguía inmóvil, pero él no había dejado de hablarle. A ratos en voz baja, a ratos con la mirada, a ratos simplemente respirando junto a ella, como si pudiera infu