Oscuridad.
Eso fue lo primero que sintió María José. Un abismo denso, sin forma, sin fin. No había colores. No había sonidos. Solo la ausencia total de todo lo que alguna vez conoció.
Y luego… algo. Un murmullo lejano. Como el eco de una voz amada rebotando en un túnel eterno. Un calor apenas perceptible, como una caricia olvidada en la piel. Un susurro.
—Hola, mi amor… estoy aquí.
Isaac.
La voz la atravesó como una corriente eléctrica. Y con ella, llegaron destellos. Fragmentos. Imágenes suelt