Las luces del hospital titilaban como si compartieran la ansiedad de la madrugada. La patrulla frenó en seco frente a la entrada de urgencias, y Eliana bajó del asiento trasero con el corazón latiendo en las sienes. Su respiración estaba entrecortada, no por el frío, sino por lo que sabía que estaba por enfrentar.
No tuvo que buscarlo.
Isaac estaba ahí. De pie, junto a la máquina de café apagada, con la espalda curvada y las manos temblorosas. Su camisa arrugada colgaba abierta en el cuello y s