El teléfono seguía en la mano de Isaac, decidió marcar con una urgencia que no se comparaba con la que le comprimía el pecho. Caminó de un lado a otro por el pasillo del hospital, como una fiera acorralada. Las luces blancas, el murmullo constante de pasos, y la voz lejana de médicos llamando a emergencias eran un recordatorio cruel de que María José seguía en quirófano. Y que cada minuto era una batalla.
Eliana contestó al tercer tono. Su voz era suave, ronca, apenas despierta.
—¿Isaac?
Él res