La noche se había asentado como un manto pesado sobre el hospital. El sonido lejano de ambulancias y el eco de pasos apurados por los pasillos creaban una banda sonora constante, fría, casi irreal. En una sala de espera del tercer piso, Isaac se debatía entre la esperanza y la desesperación.
Cinco horas.
Ciento ochenta minutos de un infierno sostenido, donde cada segundo era un verdugo invisible.
Isaac se levantaba, se sentaba, se volvía a levantar. Se pasaba las manos por el cabello, caminaba