En el baño de la discoteca Cristina y yo volvimos a tener 17 años. Ella cambió su vestido rojo por una camisa blanca y unos pantalones marrones que combinaban a la perfección con el lazo de su diadema. Yo cambió mi vestido por un uniforme de porrista y una diadema idéntica pero de ese azul cielo igual al uniforme, y que con el rubor de mis mejillas y los cabellos dorados me hacían parecer un ángel.
—Siempre lo estás molestando —dijo Cristina mientras se colocaba su labial rojo; decía que le da