Mundo ficciónIniciar sesiónPor primera vez en largo tiempo no me desperté con un despertador que gritaba que era hora de dejar de lado las cómodas sábanas para ir a trabajar. El negocio no sería lo mismo sin mí, me decía cada mañana, y tenía que preservar el legado familiar de Tomas. Sin embargo, había olvidado cuánto era hermoso abrir los ojos con el sol delicado de la mañana.
Aunque claro, abrirlos significaba ver todavía algunos muebles cubiertos, el polvo en las ventanas y sentir cómo la garganta me picaba un poco. Y sobre todo, pensar que tenía que resolver tantos problemas y no saber cómo. Quería decir que tenía el corazón roto, pero en realidad estaba solo decepcionada y lo peor de todo es que aún estaba decidiendo si lo estaba de él o de mí. Antes de hundirme en mi propia miseria, decidí levantarme de la cama y hacer lo único que podía hacer: ir a la editorial; otro intento no costaba nada, por suerte, porque no tenía ni idea de cómo iba a pagar la luz a final de mes. La verdad es que los había subestimado; no me imaginaba que en serio sería un edificio lleno de flores, como si estuviéramos en un bosque encantado. —Buenos días —sonreí mientras repasaba mentalmente... Mis cabellos rubios recogidos en un moño que en realidad no era para verse elegante, sino para cubrir que estaba demasiado sucio. Me puse todo el maquillaje que encontré y aun así parecía que no era suficiente, mis ojeras todavía estaban muy marcadas. Del atuendo ni hablemos, porque la verdad me puse lo primero que encontré que pareció lo suficientemente decente. —¿Buenas? —ese toque de interrogación me dio a entender que tal vez no era la misma que me había atendido el día anterior. —Buenas —reiteré mi saludo—. Soy Celeste Roberts, me contactaron desde esta editorial para publicar mi libro en físico. —¿La Celeste Roberts? —su tono era incrédulo, su entrecejo arrugado no me dio muy buena impresión. —La misma —intenté mantener la calma, pero la verdad ya estaba temblando. —No hay forma de que ella, que escribió el romance más impactante de la historia, se vista con la falda de su abuela de 80 años —dijo ya sin incredulidad, pero con desprecio. —Yo... —no sabía qué decir, ¿cómo podría demostrar que era yo si ni siquiera había dado mi nombre real?—. Yo soy la autora de "Amor entre guerras", lo puedo probar, tengo el manuscrito original. —Tan falso como tus sandalias —sonrió y siguió escribiendo algo que no podía ver desde arriba del escritorio. —No sabía que estábamos en una editorial de moda —puse el manuscrito en la mesa y el bloque lleno de apuntes, de papeles solitarios que separaban páginas de la libreta rosada. —Estamos en un lugar respetable y no en un teatro, así que ya deje esta escena —puso sus ojos en blanco y rió como si, en vez de en su puesto de trabajo, estuviera en un espectáculo de comedia. —Escena es la que se va a llevar usted si sigue faltándome al respeto de esta manera. Quiero hablar con alguien que sepa cómo usar su cerebro —he de admitir que alcé un poco la voz. Nunca tuve que demostrar quién era, qué hacía; en la preparatoria todos sabían mi nombre, mi cara, mis saltos en la rutina de las porristas y, durante mis días en Roma, todos me trataban con respeto, yo era aquella a la que todos envidiaban. —¡¡Seguridad!! Llévense a esta impostora y mentirosa de aquí —gritó. —No, a ver, yo... —ya estaban escoltándome sin ninguna educación hacia la puerta—. No, esperen, es que... —¿Qué está pasando aquí? —dijo una voz masculina, clara pero profunda, ese tono que ilumina con una calidez delicada toda la atmósfera. El mundo pareció detenerse cuando finalmente vi a la figura que me había salvado de la humillación pública. Su estatura, sus hombros anchos, su piel tostada como aquellos galanes italianos que en realidad solo existen en las películas, les digo por experiencia. Recorrí todo su cuerpo con mi mirada hasta detenerme en esos verdes ojos decididos, unas aceitunas que parecían muy apetecibles. —Yo... —mi voz me temblaba y ya no era por los nervios de ser arrastrada hacia la puerta—. Yo soy Celeste Roberts, me contactaron desde... Ni siquiera me dejó terminar; con un tono cortés pero serio se dirigió a los guardias de seguridad para que me dejaran ir y después me miró fijamente a los ojos. Si los suyos eran verdes como el mar, los míos eran el cielo azul en donde quería formar el horizonte. —Usted, acompáñeme a mi oficina. No respondí, solo me moví como y cuando me lo indicaba; por ahora, o tal vez por un poco más de tiempo, él podría ser mi tabla de salvación o ese desastre que me dirigiría a la perdición. La pregunta no era qué quería de mí, sino qué haría conmigo.






