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Cap 4: Una imagen del pasado.

Cerró la puerta de caoba oscura cuando llegamos a su oficina. Era la más alta del edificio, desde ahí se podía ver toda la ciudad y tenía su propio jardín encantado en el balcón. La luz natural hacía que todo pareciera más etéreo, como si cada imagen que mis ojos capturaban fuera un pedazo de lienzo de Monet.

—Me disculpo por la confusión, señorita —se desabotonó el primer botón de la camisa blanca que envolvía su piel caramelo.

Hacía calor en la oficina y, sinceramente, ese gesto subió aún más la temperatura. Después se recogió las mangas, solo un poco, con ese toque elegante y aun así menos rígido de como lo había visto 5 minutos antes.

—No me diga señorita —mi voz salió más fuerte de lo que deseaba, mis ojos aún clavados en él, mi respiración que se había detenido—, soy Celeste, encantada.

Cuando extendí mi mano él no dejó pasar ni un instante, todo un caballero; sus dedos tenían ese callo típico de los escritores, pero por todo lo demás era suave, al igual que su toque. Mi mente combatía contra mi cuerpo, el nerviosismo de esa familiaridad que sentía cuando hablaba y el tener que ser profesional a toda costa.

Pero yo no había llegado tan lejos para rendirme; Tomas me había demostrado que no podía depender de nadie más que de mí misma.

—Encantado, Celeste —sonrió mientras se ponía los anteojos.

Sus ojos aceituna se escondieron dentro de un cristal que los hacía todavía más hipnóticos y de repente me pareció muy familiar; justo en ese momento sonrió y me di cuenta de ese pequeño agujero en el centro de la mejilla.

Me recordó a alguien de mi pasado, un chico al que hacía mucho tiempo no recordaba con una imagen tan nítida.

—Mi nombre es Cristian, soy el CEO y me disculpo nuevamente por el comportamiento de Tatiana, tomaremos medidas sobre eso —empezó a escribir algo que no pude leer y la verdad no me interesó, solo me concentré en cómo tomaba la pluma con delicadeza y decisión al mismo tiempo.

Cristian, qué coincidencia, así se llamaba ese chico; sonreí como aquel que encuentra un buen amigo, aunque él y yo fuéramos todo lo opuesto.

—No es necesario, si ya todo está aclarado me gustaría pasar a asuntos más importantes —mi voz debió cambiar de esa sonrisa gigante que se me había dibujado en el rostro, porque sus ojos se abrieron como dos bolas de billar.

—Oh, habla igual que una vieja conocida —comenzó a reír.

Esa sonrisa cálida que recordaba a un niño pequeño, lleno de ilusiones y que veía el mundo justo como ese edificio, irreal y lleno de promesas; solo que para mí no podían ser promesas vacías, yo necesitaba algo más.

—Me escribió y ahora estoy aquí, ha sido el único que ha tenido este privilegio, ¿quiere trabajar conmigo o no? —volví a mi tono original, yo no podía dejar que una imagen del pasado me distrajera.

—Claro que sí, sería un honor. Pero debemos planear una estrategia para volver a poner en marcha su libro... —Estaba escribiendo apuntes en hojas que volaban por todos lados, desordenado y con un tono de esperanza; era extraño para un hombre que tal vez pasaba por poco los 27 años.

Su voz era cálida, aunque en cada palabra aumentaba la velocidad, describiendo detalles de mi libro como si fuera el propio, pero dándole esa crítica objetiva que le hacía falta para regresar con toda. Así pasaron las horas, charlas, risas; sentí como si no solo fuera mi novela la que iba a estar viva otra vez. La hora del almuerzo fue el momento perfecto para despertarnos de todas las fantasías que estábamos alimentando con el fuego de la ilusión.

—Definitivamente tenemos que lanzar la noticia a lo grande —dije mientras me recostaba en el sillón.

—Primero sería prudente hablar con los de marketing —volvió a anotar, ya íbamos por el paso 22 de nuestro plan.

—¿Tendré que activar mis redes? —pregunté, con el temor de que la respuesta fuera positiva.

Tomas me mataría si se enteraba; ese fue el pensamiento que rondó en mi cabeza por unos segundos antes de pensar que tal vez no me debía interesar más lo que él hiciera. Dentro de poco, y ese momento parecía estar más cerca que nunca, ya no llevaría nada de él conmigo, solo la memoria. El anillo había acabado en el fondo de un cajón de mi nuevo hogar, y su apellido iba a terminar en el olvido.

—Ya es hora de almorzar —Cristian me distrajo de ese remolino que comenzaba a formarse en mi mente—. ¿Desearía acompañarme, señorita?

—Solo si me llamas Celeste.

—Celeste, toma por favor mis apuntes del escritorio —sonrió, y así lo hice yo antes de levantarme para encontrarme...

—¿Cristian? —dije en voz alta sin darme cuenta.

Una foto de un chico delgado, delicado, con cabellos largos y esas gafas gigantes y, aun así, esa sonrisa con sus hoyuelos en las mejillas y esos ojos aceitunas que te robaban el aliento. Era mi Cristian, el de la preparatoria, el que... Me quedé sin aire para poder respirar.

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