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Cap 2: El dinero lo mueve todo.

Créanme, lo más impactante no es que Tomas se hubiera enterado tan rápidamente de que yo regresaba a San Francisco, después de todo nuestra tarjeta de crédito era compartida.

—¡¡Regresa en este instante!! —gritó Tomas por el teléfono—. ¡¡Te has vuelto loca!! ¿10 años de matrimonio y ahora huyes?

—Qué hipócrita de tu parte —hasta hice una pequeña sonrisa—. Esta es la última vez que respondo al teléfono, no me llames más a no ser para firmar el divorcio.

—Son 50$ —dijo la cajera del supermercado, que fue extremadamente amable por no decir nada más.

—Gracias —sonreí para no parecer tan cansada—. Oh, no funciona —mi tarjeta no respondía—. Lo siento, creo que tengo que llamar al banco.

Creo que todos se dieron cuenta de que fue una mera excusa porque mi tarjeta había sido congelada por alguien que yo sabía muy bien que no era el banco.

—¿Y ahora cómo diantres le voy a hacer? —dije entre dientes caminando a casa.

Cuando el hedor de la casa salió otra vez por la puerta que se lamentaba no pude contenerme mucho más, lancé mi bolsa a un lado y en una parte polvorienta del comedor abrí mi laptop; era hora de hacer algo. Si no recordaba mal, no era mucho, pero aún tenía algunos pocos ahorros en mi antigua cuenta, la cuenta de Celeste.

Ring ring... Ring ring...

Otra vez el maldito teléfono. Quise estrellarlo contra el piso pero miré la pantalla; no era Tomas esta vez. Cristina me estaba llamando.

—Cris, sí, dime —fue como si el sol saliera en un día nublado.

—¡¡No vas a creer lo que han planeado los chicos de la preparatoria!! —se le escuchaba emocionada, así como en los tiempos en los que solíamos hacer planes para ir a bailar los sábados.

No quise interrumpirla, intenté ocultar todo lo que había pasado en mi vida en esos días y fue más fácil mientras el otro pedazo de mi cabeza estaba intentando abrir todas las cuentas de Celeste.

—¡Un reencuentro, hace 10 años que nos graduamos, hay que celebrar! —dijo Cristina.

Podía ver los fuegos artificiales arriba de su cabeza y los signos de exclamación que tenía cada oración, aunque sinceramente yo no estaba de humor para fiestas y menos por ver a todos esos compañeros que esperaban que fuera perfecta. Sí, una vez lo fui, o eso pensaba, pero ahora, sin Tomas, sin dinero, era una de esas a las que nadie quería en esa escuela; ahora era yo la marginada.

—¡En la escuela, el 8 de junio! Dile a Tomas también.

Tenía que seguir fingiendo, así que puse mi mejor sonrisa para que la voz saliera lo más fina y alegre posible.

—Súper, nos veremos ahí entonces —y así colgué la llamada.

Supongo que el hacer dos cosas a la vez sí surgió efecto, pues Cristina no sospechó nada y yo logré abrir todas mis cuentas en un santiamén. Para mi sorpresa, tenía más de lo que pensaba; al menos era suficiente para la cuenta del supermercado.

Aunque la mejor noticia es que me habían llegado muchas propuestas de trabajo a mi cuenta de I*******m y en comentarios de mi libro. Desgraciadamente, algunas eran de demasiados años atrás, pero había una que había sido enviada hacía solo unos meses.

Al parecer las cosas se estaban acomodando; tal vez tenía una propuesta de trabajo y tal vez podría arreglar mi vida en esos meses que me separaban del reencuentro con mis compañeros de clase.

—¡Editorial Primavera! ¿En qué podemos ayudarla? —la voz de la recepción era tan acogedora como una mañana de primavera; supongo que habían elegido muy bien el nombre de la editorial.

—Buenas tardes. Soy Celeste Roberts. Me han escrito que les gustaría trabajar conmigo —sonreí, aunque no pudiera verme.

—Lo siento, pero no tengo ninguna información sobre ese tema. Que tenga una linda tarde —y así, sin más, colgó...

Definitivamente nada me salía bien esos días, aunque por ahora solo me quedaba preparar mi cama para la noche, esperando no morir de una infección de garganta; no sabía que las casas pudieran descomponerse como un cuerpo bajo tierra.

Arreglé la cama lo mejor que pude y le cambié las sábanas para no morir en el intento. Después regresé al supermercado y compré lo estrictamente necesario para comer. El ocaso estaba cayendo tan descolorido como aquellos jugos instantáneos que ni siquiera tienen sabor, y aun así pensé que era lo más bonito que había visto ese día.

Ring... ring...

Ring... ring...

El celular estaba sonando otra vez, pero yo no contesté; había tenido suficiente.

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