Cerró la puerta de caoba oscura cuando llegamos a su oficina. Era la más alta del edificio, desde ahí se podía ver toda la ciudad y tenía su propio jardín encantado en el balcón. La luz natural hacía que todo pareciera más etéreo, como si cada imagen que mis ojos capturaban fuera un pedazo de lienzo de Monet. —Me disculpo por la confusión, señorita —se desabotonó el primer botón de la camisa blanca que envolvía su piel caramelo. Hacía calor en la oficina y, sinceramente, ese gesto subió aún más la temperatura. Después se recogió las mangas, solo un poco, con ese toque elegante y aun así menos rígido de como lo había visto 5 minutos antes. —No me diga señorita —mi voz salió más fuerte de lo que deseaba, mis ojos aún clavados en él, mi respiración que se había detenido—, soy Celeste, encantada. Cuando extendí mi mano él no dejó pasar ni un instante, todo un caballero; sus dedos tenían ese callo típico de los escritores, pero por todo lo demás era suave, al igual que su toque. Mi men
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