Esa noche, cuando el sol ya se había puesto detrás de los cipreses, la mansión se iluminó de una manera diferente.
No fue una luz grande ni espectacular. Fue la luz cálida de las lámparas del comedor, la que se filtraba por los ventanales y se reflejaba en la porcelana blanca de los platos que la mamá de Sebastián había dispuesto con cuidado. Había flores del jardín en el centro de la mesa, un ramo sencillo de jazmines y rosas blancas que Valeria había cortado esa misma tarde.
Yo bajé las escal